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PREGÓN DE LA SEMANA SANTA- ARUCAS 2004
 

PREGÓN DE SEMANA SANTA EN LA CIUDAD DE ARUCAS - Isla de Gran Canaria. Año del Señor 2004.


Por Segundo Díaz Santana


Quiero comenzar con un sincero agradecimiento por la invitación para hacer el pregón de la Semana Santa de este año de 2004, a los amigos de la Tertulia “Marcelino Quintana”, que lleva el nombre de ese egregio sacerdote aruquense, de quien recibí la primera comunión en el colegio de La Salle, y junto a quien viví las primeras semanas santas de mi vida.

Mi felicitación para los componentes de esta Tertulia, por la magnífica labor cultural, de afirmación y de toma de conciencia de lo nuestro, que tanto se ha de valorar en estos tiempos de sequía del pensamiento, en los que priman el pragmatismo y lo utilitario, cuando no la mediocridad y el mal gusto. Ellos son como una bocanada de aire que, con gran tenacidad y constancia, nos refrescan la mente y el corazón con sus actividades e iniciativas culturales y artísticas.

Un pregón, nos recuerda el diccionario, es la publicación que se hace en voz alta, por las calles o en un lugar público, de una cosa.

Y aquí estamos dispuestos a hacer el que me han encargado y lanzarlo al viento, desde este hermoso rincón de nuestra geografía aruquense, la ermita de san Pedro; para que el viento, con esa fuerza misteriosa que tiene y que sopla donde quiere, lo haga llegar más allá de estas paredes, acercándolo a los corazones de todos los vecinos que deseen oírlo, como un mensaje de amor y de vida, de ganas de vivir, de armonía y de paz.

En esta época de la globalización y de la electrónica, de las autopistas de la información y de internet, que tienen en su poder la capacidad de publicar con su voz potentísima los mensajes, me dispongo a hacerlo, desde aquí, en la humildad de mi persona y con la voz de un hijo de la ciudad que ama el terruño, pero, sobre todo, que ama a los amigos y a las amigas que son y siguen siéndolo con el paso de las Semanas Santas.

Arucas huele a Semana Santa por los días del equinoccio de primavera de cada año.

Arucas, esta ciudad nuestra que se desparrama por las faldas de su montaña, y por cuyas calles transitan los pasos de la Pasión y la Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Esas calles que reciben y sostienen cada día los pasos de los aruquenses que deambulan interminablemente por ellas, con sus dudas y sus penas, con sus búsquedas y sus alegrías, con las prisas y los paseos, con sus muertos y sus nacimientos, con las bodas y los bautizos, los pasos de propios y de extraños que nos visitan y nos viven.

La Semana Santa con sus procesiones, que son auténticas catequesis plásticas ambulantes, donde los niños aprendimos las primeras lecciones de la historia sagrada del Nuevo Testamento. En las esquinas, en los balcones y en las ventanas, en la plaza y en los parques, en las aceras, o acompañando los tronos, revestidos de monaguillos.

Este pregonero es testigo, con su generación, del paso histórico y progresivo de las diferentes semanas santas que han sido en nuestro periplo vital: las semanas santas de la posguerra y los años de la autarquía, tiempos de escasez y de restricciones; luego la semanas santas de los años de la mejora de las condiciones sociales y económicas, la de los planes de desarrollo; las semanas santas del despegue económico con el turismo; las del concilio Vaticano II y de la reforma litúrgica; las de la democracia y las libertades; las semanas santas de la secularización y la posmodernidad, y las del siglo XXI, en las que nos encontramos y que antes nos parecían tan lejanas e inalcanzables.

Llevamos en nuestros oídos y en la memoria, el sonido de los tambores y de las trompetas, el de las músicas inconfundibles de la banda, con sus melodías y sus marchas fúnebres que acompañaban el paso de los tronos en las procesiones. Y en esa misma memoria, se alojan también los tiempos más remotos de silencio y de inactividad lúdica y musical, que daban a esos días un color y un sonido especiales.

En ella, en la memoria, que el paso de los años se encarga de ir haciendo mejor y más bonita, están instalados, el sonido inconfundible, por extraño, de la “matraca”, con la que se avisaba a los cristianos para la celebración de los cultos; y el de la caída de la “losa”, que se desplomaba ruidosa sobre la tumba del Señor cuando era enterrado, después del descendimiento de la Cruz, en una ceremonia escenificada en el altar mayor, que era la delicia de los chiquillos, que asistíamos atónitos a aquella escena repetida año tras año, pero siempre nueva y como si la estrenáramos por primera vez.

Es imposible que se borre algún día del recuerdo, la procesión del Domingo de Ramos con la que se abre la Semana Mayor. La procesión del Señor de la Burrita, con su paseo majestuoso y festivo, entre “voladores”, ramos y flores, con alfombras y banderas que engalanaban la calle de La Cerera, dispuesta cada año a ser la calle mayor de Jerusalén, para la entrada del Señor en el camino hacia su pasión y su muerte. Desde la noche anterior todos los vecinos, como una piña, vivían un ajetreo emocionado para preparar primorosamente el recorrido que creaba un clima propio de la fiesta del Domingo de Ramos.

Nuestras pupilas conservan la ceremonia del “Encuentro”, el Miércoles Santo, en la plaza de san Sebastián, donde la Verónica limpiaba el rostro del Nazareno con la Cruz a cuestas, con el paño que portaba y se abría en aquel momento; y las largas procesiones hasta el Calvario, en las que se rezaba y se cantaba, y cada cual acogía su propia emoción religiosa y la guardaba celosamente en el secreto de su corazón, al tiempo que íbamos aprendiendo a intercambiar las miradas y las sonrisas de los amores adolescentes que se despertaban en aquellas primaveras.

Cuando el ser humano vive la vida, toda la vida, desde Dios, en quien, como dice san Pablo, “somos, nos movemos y existimos”, hemos de decir que todos los días son santos, todas las semanas son santas y todos los años son santos.

Pero los seres humanos somos “animales simbólicos”, es decir, vivimos, nos relacionamos y expresamos nuestras vivencias más profundas a través de símbolos, de expresiones estéticas, que aspiran a condensar lo más genuino del vivir: la felicidad y el amor, la esperanza, la vida y la muerte, el sentido, el hambre de justicia y de paz, el ansia de armonía y de unificación.

Los creyentes, seguidores de Jesús de Nazaret, tenemos la convicción de que Él vino para que “tengamos vida y la tengamos en abundancia”. La vida que El nos trae y que decimos vida eterna, da respuesta a los interrogantes que abrigamos en nuestras mentes y en nuestros corazones de seres que buscan y quieren saber.

En la naturaleza y en el cosmos, en la historia y en el acontecer humano, en la vida de cada persona y en las relaciones de unos con otros, en lo que constituye el entramado de las relaciones interpersonales, podemos descubrir una ley universal que se expresa en la dialéctica de la muerte y la vida, la negación y la afirmación, la destrucción y la reconstrucción.

Este es el misterio Pascual en su realidad más profunda y definitiva: el triunfo del bien sobre el mal, del sentido sobre el absurdo, de la víctima sobre el verdugo, en cuanto que éste no tiene la última palabra; de la vida sobre la muerte.

Desde muy antiguo, los cristianos dedicaron un tiempo especial, dentro de todo el tiempo litúrgico, para celebrar este misterio de la fe: el triunfo de Cristo Jesús con su muerte y su resurrección sobre el poder del pecado y de la muerte.

Este es el Misterio Pascual que se despliega en unos días, que conforman la llamada “semana mayor” en Oriente, o “semana tipo” (hebdomada authentica), “semana pascual” o “semana de la Pasión” en los antiguos padres de la Iglesia y en los ritos litúrgicos de Occidente.

Es la semana que precede inmediatamente a la fiesta de la Pascua de Resurrección.

Pero, la semana santa, es una semana que no dura siete días, como las demás semanas del año, sino, más de veinte siglos, por ahora, porque una vez que tuvo lugar la primera, se hace intemporal, y siendo intemporal pertenece a todos los tiempos y da hondura y sentido nuevo a todos los tiempos.

La Iglesia, a lo largo de su historia bimilenaria, va acomodando su liturgia a las épocas y a los lugares en los que celebra sus misterios. En la liturgia la Iglesia expresa y celebra lo que cree, según el viejo axioma que se remonta a Próspero de Aquitania, y que dice: “Para que la ley de la oración establezca la ley de la fe» (Lex orandi, lex credendi), o sea, que la Iglesia cree lo que ora, y ora lo que cree.

Pasa igual que con la reflexión teológica, pues en cada momento histórico, los creyentes, y de modo particular los teólogos, damos razón de nuestra esperanza con la racionalidad disponible, o sea, con los esquemas culturales y lingüísticos que en cada momento vamos teniendo. Por eso comprendemos que con el paso del tiempo, las expresiones de la fe, en la religiosidad popular, en las celebraciones, en los cantos, en las tradiciones, etc., van variando y expresando, en consonancia con la sensibilidad religiosa del momento, los misterios de siempre, la única fe que, ininterrumpidamente, por la acción del Espíritu Santo, va siendo transmitida de generación en generación.

Las mismas oraciones tenían un sabor propio de la mentalidad y de la sensibilidad religiosa de la época. Quiero recordar una oración que personalmente siempre me impresionó y que después del Concilio fue modificada, cuando ya estudiaba en el Seminario con la nueva sensibilidad litúrgica que la Iglesia estrenaba. Se trata de la petición que se hacía el Viernes Santo en la oración universal, después de la lectura de la Pasión del Señor, y antes de la adoración de la Cruz. Entre otras peticiones se hacía una por los judíos. En el Ritual Romano, se oraba por los “pérfidos judíos”, para que el Señor levantara el velo de sus corazones y llegaran a conocer a Jesucristo. La reforma del Concilio la transformó en esta otra: “escucha con piedad las súplicas de tu Iglesia; para que el pueblo de la Antigua Alianza, llegue a conseguir la plenitud de la Redención”.

Y en este clima, yo les invito, en este pregón, a hacer el ejercicio de actualizar y vivir nuestra fe y nuestra experiencia religiosa. Porque Cristo sigue viviendo su pasión y su cruz hasta el final de la historia.

Cristo sigue agonizando en los crucificados de la historia, y en los millones de cruces que hemos levantado en nuestros mundos. Como Cristo sigue, también, resucitando y dando vida nueva en todos los seres humanos que cada día son resucitados de sus muertes y sus calvarios, de sus sufrimientos y sus dolores.

Porque creer en la resurrección es esperar y acoger la fuerza del Resucitado, que nos impulsa a trabajar por la “insurrección” ante un mundo que no es el que Dios quiere, por “inmundo” e “inhumano”, porque contradice su sueño de Padre-Madre, que quiere la felicidad y el bien de todos sus hijos.

Así, hoy, Cristo sigue pronunciando sus siete palabras desde la Cruz, en este año de gracia de 2004. En este año en el que, no hace un mes todavía, hemos vivido en España el terrible atentado que ha costado la vida a cerca de dos centenares de personas y más de mil setecientos heridos, con todo el dolor y el sufrimiento que se concentró en ese día 11 de marzo, que perdura en tantas familias rotas por la irracionalidad de esa barbarie, y que no vamos a olvidar por muchos años.

Los creyentes hemos de vislumbrar a Dios en la historia, en la realidad que vivimos. Con el telediario y el periódico en una mano y la Biblia en la otra, pues sólo así vamos entendiendo la realidad y vamos descubriendo lo que Dios quiere de nosotros, así oramos, y así amamos a Dios y a los demás.

Para que nunca más en la historia del cristianismo ocurra que la afirmación de un “Dios sin mundo”, una espiritualidad que no tiene delante la realidad del mundo, con todo lo que ello comporta de dolor y de sufrimiento, de gozo y de alegría, conduzca a varias generaciones a la fatalidad de concebir un “mundo sin Dios”, es decir, al ateísmo y a la concepción de un mundo en el que la “hipótesis Dios” no es necesaria para construirlo.

Cristo sigue agonizando y padeciendo en sus hermanos, diciendo sus palabras, escuchémoslas. Y las vamos a escuchar en la clave en la que este año nos ha situado el papa Juan Pablo II, con el lema de su mensaje para la Cuaresma de 2004: El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe (Mt 18, 5).

1ª Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34)

Esto lo dice, hoy, en Miguel, un niño que llorando y con su voz rasgada, nos decía en un reportaje de la TV sobre la infancia maltratada, que su padre le pegaba con cables de la luz. En las niñas de la India, prostituidas; en los miles de niños maltratados, en la explotación laboral de la infancia. En los abusos sexuales a menores. En la utilización de niños en conflictos armados. Hay más de 500.000 niños soldados en el mundo.

2ª Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43).

Eso se lo ha dicho el Señor, entre otros, a los misioneros y cooperadores internacionales que han sido asesinados en los dos últimos años, por anunciar la noticia liberadora del Evangelio lejos de sus países de origen a donde han ido como enviados.

3ª Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 26s).

Escuchemos esta palabra resonando en un basurero a las afueras de Calcuta, donde las madres junto con sus hijos, revuelven las basuras para poder encontrar algo que vender y comer. O en la cantidad de niños de los países empobrecidos, que no tienen o no conocen a sus madres, y son víctimas de la extracción de órganos, para traficar en nuestro primer mundo. En Doraci Edinger, monja luterana, brasileña, de 53 años, que fue encontrada muerta a martillazos en Nampala, al norte de Mozambique, supuestamente vinculada con la denuncia del tráfico de órganos, que juntamente con dos monjas católicas españolas habían realizado reiteradamente. Desde septiembre pasado, unos 50 niños fueron secuestrados y muertos, apareciendo luego sus cadáveres con sus órganos vitales extirpados.

4ª ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34).

En las personas que viven solas, sin compañía, sin el calor y la ternura de un ser que las quiera y se interese por ellas. En los inmigrantes que llegan en pateras en busca de vida y bienestar, y no los encuentran, siendo abandonados por las mafias que trafican con sus vidas y su dinero.

Es el grito angustiado y desgarrador que se sigue escuchando en la infancia olvidada. En los niños “ratas” que viven en las alcantarillas de las poblaciones de Colombia, de México, de Brasil, y nos dicen a todos con los ojos fijos en la pantalla de la TV: “yo estoy acostumbrado a vivir así”.

5ª Tengo sed (Jn 19, 28).

En las poblaciones enteras de la India y de África que no tienen agua para beber. Los niños sin hogar, los niños de la calle que tienen hambre, sed y frío, y entonces se drogan para sobrellevarlo y resistir cada día.

6ª Todo está cumplido (Jn 19, 30).

En Alí, un niño de 12 años, iraquí, que en un bombardeo de la guerra lo ha perdido todo: su padre, su madre, sus brazos, su cuerpo quemado, su casa, y nos dice, mirándonos a los ojos en la cámara de la TV: “¿Esta es la liberación que nos traían? Yo no quiero esta liberación. Yo quiero unos brazos para trabajar”.

7ª Padre, en tus manos pongo mi espíritu (Lc 23, 46).

Es el grito de Jesús que muere entregándose en las manos de un Dios que le ama y está con él. Un Dios que está a favor de los seres humanos. Que quiere meter en su corazón a toda la humanidad y sanarla de las heridas que ella misma se produce. Pero, para eso, quiere incorporarnos solidariamente a esa tarea de redención y de liberación. El dolor de Dios es el dolor de su obra, del mundo que nosotros hacemos mal. Es el dolor que Dios quiere sanar a través de las manos de los mismos hombres y mujeres que somos sus hijos y por lo mismo todos hermanos.

Y cada uno de nosotros puede hacer el ejercicio sanante de poner nombres y rostros a cada una de las palabras de Jesús en su Pasión y en su Muerte. Y así, viviremos la Semana Santa viva y actuante, de la que los símbolos y las representaciones artísticas son un reclamo y una invitación, para llegar a “tocar” al Hijo entregado que sigue padeciendo y agonizando en los crucificados de la historia.

Esa es la adoración de la Cruz que hacemos el Viernes Santo. Y ahí pasaremos a besar las heridas, las que recibimos y las que nosotros infligimos a los otros y que todos necesitamos que sean sanadas.

Y el desfile de las distintas tallas e imágenes que representan a los actores de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nos sitúan adecuadamente en el escenario de la acción dramática que tuvo lugar entonces, pero, nuestra sensibilidad religiosa creyente, se aplica a descubrir los rostros que esos rostros adquieren en nuestro hoy de la historia que nos toca vivir, y que actualizan el misterio que celebramos.

El Señor de la Burrita, la Verónica, san Juan y la Magdalena, la Dolorosa, el Cristo con la Cruz a cuestas, el Crucificado, el Cristo Yacente, que por estas fechas es admirado en la catedral de Santa Ana, en Las Palmas, con motivo de la hermosa exposición que se ha organizado con ocasión de los seiscientos años de la Diócesis y los quinientos de la Catedral.

A esa hermosa talla del Cristo Yacente, de Manuel Ramos, escultor aruquense, que sale en la procesión del entierro del Señor, nosotros en estas fechas que vivimos, le vamos adhiriendo los rostros y los cadáveres de los ya numerosos inmigrantes africanos que, en su intento por llegar a nuestro primer mundo en las pateras, han fallecido en las playas de Fuerteventura, y descansan sin nombre detrás de una fría lápida en el cementerio de Gran Tarajal.

Y en la madrugada del Viernes Santo tiene lugar el Via Crucis, que en tiempos se realizaba la noche del martes por otro recorrido, y en la actualidad va desde la ermita del Calvario hasta la iglesia de Ntra. Sra. del Rosario en la Goleta, con el Cristo de la Salud, de gran devoción entre los aruquenses. Luego, durante la jornada, se sucederán las magnas procesiones del Crucificado y del Santo Entierro, una vez celebrada la liturgia de la Pasión y Muerte del Señor, con la adoración de la Cruz.

Ese día del Viernes Santo se cierra con la procesión del Silencio, que tiene un perfume especial, un sabor a sentimiento profundo y a compasión. Es el acompañamiento silencioso y emocionante de la madre del Nazareno en la desolación y la soledad de la noche de la muerte del Hijo. La Virgen de los Dolores que hace presente todas las soledades de las madres y de las mujeres abandonadas, de los ancianos que sufren la soledad y el desamparo, de los pueblos dejados a su suerte porque no son productivos, y de los millones de seres humanos abandonados porque “sobran al sistema”, porque no son rentables.

Cuando María presentó al Niño Jesús en el Templo, treinta años antes, había entrado gozosa para dar gracias a Dios por la maternidad de su hijo, “y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lc 2, 23) pero, en las palabras del anciano Simeón, María se volvió madre dolorosa, cuando éste le dijo: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!” (Lc 2, 35).

Y es así, en su soledad y en su dolor, como la acompaña la piedad popular aruquense, en esa noche única de luna llena, del 14 de Nizán para los judíos, y que ilumina toda la plaza de san Juan y la iglesia que se yergue majestuosa en la oscuridad de la noche. Esta iglesia nuestra, de la que todos nos sentimos tan orgullosos, y que es el lugar donde Arucas habla con Dios.

Es la celebración del misterio de muerte y resurrección. Por eso la muerte no tiene la última palabra. El Dios de la vida ha rehabilitado a Jesús y ha mostrado que estaba con Él.

Al tercer día resucitó como lo había dicho. Él, había manifestado a sus discípulos: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6).

Y es que ... la Verdad no cabe en una tumba, la Vida no puede encerrase en un sepulcro, el Camino no puede acabar en una gruta taponada por una piedra.
El Camino, la Verdad y la Vida están resucitados.

El crucificado-muerto ha sido glorificado y exaltado por el Padre. Y vive para siempre.

¡¡Cristo ha resucitado!! ¡¡Alleluya!!

Es el grito que resuena en la noche pascual en toda la Iglesia y llena los corazones de los cristianos.

Este es el mensaje central del Evangelio, el centro y el quicio de toda la concepción cristiana de la existencia. Sin esta piedra angular no se sostiene el edificio de nuestra fe.

Tal vez durante algún tiempo, esta dimensión, siempre presente en la fe y en la celebración de la Iglesia, era menos celebrada y había una menor conciencia en la apreciación concreta y real de los fieles cristianos. Se vivía con más intensidad y dedicación la realidad de la muerte y del sufrimiento, del dolor y de la pasión, pero apenas se destacaba le resurrección.

Para muchos, la semana santa acababa con la última procesión del Viernes Santo. Este clima espiritual rodeaba la forma de concebir y de vivir la semana santa. Y aunque “Siempre es Viernes Santo”, como rezaba el título de un espléndido libro del recordado José Luis Martín Descalzo, todo está transido por la luz que arroja el domingo de resurrección y de esa luz vivificante, recibe la fuerza y el sentido.

Cuando, más tarde, la vida nos adentró por los estudios de la filosofía y de la teología, escuchamos en las aulas de la universidad las denuncias que pensadores como F. Nietzsche hacían al cristianismo en cuanto que no vivía la dimensión de la resurrección. El filósofo nihilista, decía que la vida era una fiesta y que el cristianismo era enemigo de la vida. Los cristianos no tienen cara de resucitados, afirmaba el filósofo preconizador de la teoría de la “muerte de Dios”. Todo un reto que tomó la teología y que dio origen a una corriente de pensamiento teológico que hace de la fiesta objeto de investigación, estudiando y destacando la importancia y el valor de la fiesta en el vivir cristiano.

Desde algunos años anteriores al concilio Vaticano II, los esfuerzos e investigaciones en el campo de la liturgia y de la espiritualidad, se aplicaron a lo que se llamaba ya entonces la “espiritualidad pascual”.

Y desde esas fechas la liturgia del triduo pascual adquiere una belleza y un desarrollo considerables que centran toda la vivencia y la fuerza de las celebraciones de esos días de la semana santa. La importancia de la proclamación de la Palabra de Dios, el lavatorio de los pies, la Misa In Coena Domini, el mandamiento del amor, la acción litúrgica de la Pasión y Muerte del Señor, la Adoración de la Cruz, los signos de la luz, del fuego y el agua, el pregón Pascual, los bautizos en la noche de la luz, y la gran Eucaristía de la Vigilia Pascual, constituyen los variados elementos de una renovación litúrgica que han enriquecido y han hecho más inteligibles y participativas las celebraciones de los misterios centrales de la fe cristiana.

Cristo resucitado, esta vivo y glorioso, y palpita en la fe, en el amor y el testimonio de los cristianos.

Está vivo y dice sus palabras, escuchémoslas. Y, al tiempo que las escuchamos, les ponemos actualidad, situándolas en el hoy de la historia donde nosotros, vivimos y experimentamos al Señor vivo y resucitado.

Espigando entre las distintas tradiciones de los evangelios entresaco siete palabras del Señor resucitado, para este ejercicio que cada uno puede hacer, con estas u otras de las que nos testimonian los textos evangélicos.

1ª Mujer, ¿por qué lloras? ...¿a quién buscas? (Jn 20, 13.15).

El Resucitado nos consuela y nos levanta de nuestros llantos y nuestras tristezas. ¿Por qué lloras? ...¿a quién buscas? Nos conduce hacia el centro del corazón. Y ahí, en el interior, hace resonar la pregunta por nuestra vida, por lo que de verdad buscamos y queremos, por “el hambre y la sed que nos habitan”. Para que demos el salto de una cultura del instante y de lo provisional, en la que estamos inmersos, a un horizonte diferente de vida y de plenitud.

El Señor Resucitado, presente en cantidad de padres y de madres, educadores, sacerdotes, catequistas, animadores, trabajadores sociales, amigos y compañeros de camino, que ayudan y se esfuerzan cada día, con sus limitaciones y con las dificultades de los tiempos que vivimos, por educar y testimoniar el sentido de la vida que brota del evangelio y la búsqueda de unas personas, una sociedad, una familia, un mundo y una Iglesia según el querer de Dios.

2ª Vete donde los hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Jn 20, 17).

La experiencia del Resucitado es la experiencia de la fraternidad y de la filiación. Allí donde los seres humanos somos creadores de fraternidad, está viva y operante la fuerza de la Resurrección. Cristo está resucitando hoy, en nuestro mundo, cada vez que una persona trata a otra como un hermano, cada vez que se superan las separaciones y las distinciones para establecer la comprensión y la concordia.

Cristo ha estado resucitando, por ejemplo, en la campaña que a través de Internet, ha ido recogiendo firmas durante estos largos meses para que Amina Lawal no sea lapidada por haber sido sorprendida en adulterio, así como Safiya Hussaini fue indultada gracias a esa acción internacional de solidaridad. En las miles y miles “madres Teresa de Calcuta”, que anónimamente y sin salir en los periódicos, dan su vida, y acompañan a los enfermos terminales, y a los del sida, y a los niños que no tienen quien les quiera, y a las víctimas de las guerras y las catástrofes. Todos somos hijos de Dios, y hermanos con el mismo Padre.

3ª Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado (Jn 20, 19-20).

La obra del Resucitado es obra de paz. Cuando El se pone en medio se hace presente la paz. Pero la paz que El viene a traer, es la paz que surge de la justicia y del amor, la paz que se construye sobre la verdad y la bondad de los corazones. El Resucitado es el Crucificado, y muestra a los suyos las heridas de la pasión y de la consecuencia con la verdad y con la justicia.

Es la paz que se hace sobre las heridas sanadas y reconciliadas de nuestras convivencias mortificantes y mortificadoras. Estamos hechos para vivificarnos, es decir, para ayudarnos a vivir, y a vivir bien como hijos, como hermanos, y, a veces, en nuestra convivencia de cada día, nos mortificamos, es decir nos hacemos la muerte. Cristo está resucitando cuando vemos en la vida que hay personas que son capaces de restañar las heridas y no profundizarlas, de sanarlas y no maltratarlas.

4ª Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre (Lc 24, 49).

Son las últimas palabras que testimonia Lucas en su evangelio dichas por el Resucitado a los suyos. El gran regalo del Padre, como gustaba decir a los Santos Padres de la Iglesia. La fuerza y la energía con la que Dios nos reviste para poder vivir como resucitados en medio de un mundo y un sistema de valores que se afana hostilmente en esclavizarnos.

El Espíritu de Dios que vive actuante en todas las personas que en el mundo son capaces de decir una palabra o tener un gesto de protesta ante las injusticias y ante los atropellos de los derechos humanos. El Espíritu de Dios que actúa en el corazón de los seres humanos sean del color que sean, de la raza, de la cultura, de la religión que cada uno profese. La fuerza del Resucitado que se hace presente en los hombres y en las mujeres que desde su compromiso cristiano se hacen presentes en el mundo de la política, de la cultura, del arte, de los negocios, de la familia, del trabajo, para hacer posibles los valores del Reino y vivir un mundo más humano y “espiritual” (= según el Espíritu).

A los dos discípulos que descorazonados iban caminando hacia Emaús. Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? (Lc 24, 25-26).

Para que los discípulos del Crucificado-Resucitado tengamos siempre presente, que hemos de ser la memoria de aquello que no se quiere recordar: las víctimas, los excluidos, los maltratados, los últimos, los que no cuentan. Y dispuestos a ser, como el caminante de Emaús, sanantes de heridas, acompañantes del dolor, animadores en la desesperanza, lectores del sentido de la historia.

Como tantos hombres y mujeres en nuestro mundo y en nuestros mundos, que todos conocemos y a los que les ponemos rostros y nombres. Porque el Señor está resucitado en ellos, y necesitamos que se nos abra el corazón para poder verlos, en los gestos de hospitalidad y de cercanía.

Quiero ver al Señor Resucitado en medio de los terribles sucesos del 11 de marzo en Madrid, cuando el terrorismo nos golpeó a todos salvajemente, y aquel mismo día, a las pocas horas de haber tenido lugar la masacre, se da el comunicado por parte de las autoridades sanitarias de que no hacía falta que acudieran más personas a donar más sangre, porque la generosidad de los donantes había respondido con creces a las necesidades del momento. La sangre es la vida, y así la entregaban a raudales aquellas personas que estaban en Madrid en tan desgraciada mañana del mes pasado. ¡Hay vida, Cristo está resucitado!

6ª Simón de Juan, ¿me amas?.........Apacienta mis ovejas (Jn 21, 15ss).

En el ministerio de la comunidad, que es servicio y animación. Con el gozo y la alegría agradecida por los párrocos que en este tiempo vital del pregonero, han ejercido su ministerio en la parroquia de Arucas: D. Francisco Cárdenes Herrera, D. Francisco Hidalgo Navarro, D. Lorenzo Aguiar Molina; D. Juan Ayala Benítez; D. Santiago Rodríguez Domínguez que es nuestro párroco actualmente, y los demás sacerdotes que han colaborado en el cuidado pastoral de nuestra comunidad.

7ª Id, pues, y haced discípulos míos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado (Mt 28, 19-20).

En este mandato misionero con el que se cierra el evangelio de Mateo, expresamos la gratitud por los hijos e hijas de Arucas que, siguiendo la llamada del Señor, son misioneros en muchos lugares del mundo, en los que son anunciadores de la Buena Noticia que llena sus vidas.

Para que escuchando esta palabra, tomemos conciencia de que todos somos enviados. “Id, pues”, nos dice el Señor, para que hagamos discípulos suyos, que vivan como vivió El.

Esta es la semana santa del Señor Jesús. El es el Cristo de Dios, muerto y resucitado para nuestra salvación, que con su muerte y su resurrección establece la primavera nueva y definitiva del Espíritu, que es Señor y dador de vida. También para nosotros ahora en el 2004.

Es la primavera del Espíritu del Señor resucitado, que se enmarca en el tiempo de la primavera de nuestra tierra canaria, con su naturaleza espléndida y exuberante. Y, en nuestra ciudad de las flores, esa primavera se viste con todos los colores posibles en los gladiolos, las azucenas y los geranios, en las jacarandás, las flores de mundo y las estrelitzias, en los rosales, las margaritas y los hibiscus, en las tulipas del Gabón, las madreselvas y las bignonias, en los jazmines, las mimosas y el romero, en las magnolias, los anturios y las espinas de Cristo, en el margaritero, la flor del gofio y el limo de Nueva Zelanda, en las calas, las bouganvillas y las adelfas.

Toda esta variedad cromática que alegra y perfuma con su fragancia nuestro aire, es una hermosa parábola de la riqueza y la generosidad con las que el Espíritu del Señor Resucitado adorna a su Cuerpo que es la Iglesia: los dones y los carismas que Él distribuye en su Pueblo. Todos distintos y todos singulares, pero todos preciosos y útiles para el bien de la comunidad.

Este pregonero cree cumplir con su cometido diciendo con toda la fuerza de que es capaz, pero diciéndoselo también a sí mismo, que esta es la Buena Noticia capaz de ensanchar nuestras vidas, de mejorarlas, de darles sentido y hondura:

Cristo Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. Siempre es tiempo de salvación y de resurrección. Ahora es el tiempo oportuno. El tiempo de Dios que se nos muestra siempre favorable y está de nuestro lado.

Les deseo:

¡Buena Semana Santa, en la alegría de Cristo Resucitado!
y ¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

Arucas 1 de abril de 2004.




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