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MISIÓN, PRAXIS MORAL Y SOCIAL EN SAN JUAN PABLO II
 



 

MISIÓN, PRAXIS-MORAL Y SOCIAL EN SAN JUAN PABLO II

Este pasado domingo, día 27, en Roma se han canonizado a los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II. Lo que ha producido, como es obvio, cantidad de comentarios y opiniones. Algunas, simplificadoras, sesgadas e ideologizadas. Tales como que el Papa Juan XXIII es el Papa bueno, avanzado y testigo del Evangelio. Mientras Juan Pablo II es el malo, retrógrado e infiel a Jesús. Estos maniqueísmos e ideologizaciones, que no se corresponden con la realidad, no son nuevas y ya se hicieron con el Papa Benedicto XVI, el Papa férreo-guardián de la fe, y el Papa Francisco, el Papa de la misericordia y de la bondad. Los Papas, como S. Juan Pablo II o Benedicto XVI, tienen sus fallos y errores, sus pecados e infidelidades: ellos mismos con la iglesia reconocen su condición pecadora y limitada. Como, por ejemplo, hizo Juan Pablo II en un centenar de ocasiones, reconociendo los pecados y males de la iglesia. Es lo que hacemos los cristianos, cada día, en nuestras celebraciones. Pero junto a ello, está el testimonio de la santidad de la iglesia, fruto de la gracia de Dios, en su entrega y servicio, en su amor y justicia con los pobres. Así lo ha reconocido la comunidad eclesial y el ministerio petrino del Papa Francisco, que ha canonizado tanto a Juan XXIII como a Juan Pablo II.

Y no hay nada más que adentrarse en la vida y obra de Juan Pablo II, para ver todos estos signos y resplandor de la santidad, del amor y misericordia, solidaridad y justicia con los pobres. El Papa que en el transcurso de su infancia, juventud y adultez: vivió las situaciones de opresión e injusticia del siglo pasado en propia carne; que compartió las condiciones de los pobres y obreros, este Papa plasmó toda esta cultura obrera, solidaria, de los pobres en su ministerio. Siguiendo y profundizando la orientación personalista de la fe y de la filosofía en la que había sido formado. Ya en su primera y “programática”, crucial, encíclica (RH), en el seguimiento de Jesús-Dios Encarnado y en el legado del Vaticano II, mostró como el camino de la iglesia es el ser humano. Un ser humano, enseñaba el Papa, de carne y hueso, en la realidad concreta, social e histórica, este ser humano es al que la Iglesia ama y sirve Esta trascendencia y dignidad de la personas es clave del Evangelio. La iglesia vive el amor de Dios encarnado en Cristo, que nos salva y libera. Un amor que se hace compromiso, responsabilidad moral ante las injusticias y desigualdades que sufre la humanidad, sobre todo los pobres que son el criterio de salvación en el amor y justicia liberadora. Tal como nos mostró en su 2º enc. (DM), Dios es fecundo en justicia y misericordia, en acoger el sufrimiento, dolor e injusticia que padecen las personas, los pobres de la tierra.

Como hizo en su relevante encíclica sobre la misión (RM), en continuidad con la imprescindible EN de Pablo VI, Juan Pablo II situó a la iglesia en el horizonte del Reino y su salvación liberadora, en el amor y la justicia con los pobres, que nos trae Jesús. Por lo que los derechos de las personas, su desarrollo humano e integral, la justicia social e internacional: es constitutiva de la misión de la iglesia. Una misión que supone, pues, de forma irrenunciable el dialogo con las culturas y religiones. Las otras culturas y religiones son también realidades de salvación, de fraternidad y justicia aunque tienen su raíz y plenitud en Jesús, el Dios Salvador. Así lo plasmó en los encuentros inter-religiosos de Asís. Como mostraba todo ello en su tiempo, de forma similar, Juan XXIII. En la realidad de la iglesia, el Papa destacaba, junto a otras, a las comunidades eclesiales de base (CEB), semilla y esperanza de la iglesia. Las CEB, como es conocido, es en especial el lugar eclesial del tercer mundo, de la iglesia del Sur empobrecido, en donde surgió la espiritualidad y teología de la liberación (TL). Juan Pablo II enseñó sobre la teología de la liberación que “no solo era oportuna, sino útil y necesaria…, ya que la iglesia es la iglesia de los pobres, iglesia de la primera bienaventuranza”. Lo que, de manera parecida, había ya enseñado Juan XXIII en los albores del Vaticano II. Y tal como manifestó Juan Pablo II en Brasil, donde, con un gesto simbólico-profético, se quito su anillo y lo regalo a los pobres de las favelas, en el año 1.980. El Papa denunció en el Sur empobrecido que “los pobres eran cada vez más pobres, a costa de que los ricos eran cada vez más ricos” (Conferencia Episcopal de Puebla, 1978). Y en el Norte enriquecido afirmó que “los Pueblos del Sur empobrecido juzgaran a los del Norte, por someterlos a un política y economía imperialista” (Canadá, 1984). De esta forma, Juan Pablo II reconoció y admiró a obispos de estas iglesias del Sur empobrecido, testimonios de amor y justicia con los pobres. Como H. Cámara o Mons. Romero al que rezó en su tumba y dijo de él que fue "celoso pastor que dio la vida por su pueblo”. Fue Juan Pablo II el que abrió la causa de canonización de Mons. Romero.

En la línea del Vaticano II, Juan Pablo II, en la CL, destacó la vocación y misión específica de los laicos: el protagonismo y gestión de las realidades humanas, sociales, políticas, económicas y culturales; decía el Papa que el compromiso social y político, en la gestión y transformación del mundo, de dichas realidades es ineludible para la vida de fe del cristiano. Y en esta tarea, en la misión en el mundo y la iglesia, el Papa destacó el “genio femenino”, la relevancia e importancia de la mujer, a la que se debe seguir promoviendo en la iglesia y en la sociedad-mundo (MD). Con un hermoso reconocimiento y canto a todo lo bueno que nos ha legado la mujer en la historia. Ya propiamente en sus encíclicas morales (VS y EV) y sociales (LE, SRS y CA), Juan Pablo II nos dejó un caudal memorable de pensamiento social y ético, que es preciso recordar y transmitir. La moral para el Papa tiene su centro en el seguimiento de Jesús, en donde resplandece la verdad del ser humano y su vida ética que no se puede violar, frente a cualquier relativismo e individualismo (VS). Una moral de la vida en todas sus dimensiones y estadios, frente a la cultura de la muerte, a la guerra de los poderosos contra los débiles y pobres, con sus estructuras sociales de pecado (EV). El Papa defendió la vida y dignidad de las personas: de los trabajadores que están primero que el capital, que el beneficio y los medios de producción; el destino universal de lo bienes que tiene prioridad sobre la propiedad; la socialización y co-propiedad de la empresa; y la solidaridad y relevancia del mundo obrero, de la organizaciones de los trabajadores como los sindicatos. Tal como enseñó todo ello en su esencial 1º enc. social, la LE. Lo que profundizó en la SRS y CA, con la promoción de la solidaridad y de un desarrollo humano e integral, desde el bien común y la justicia con los pobres; frente a la riqueza y al poder, al imperialismo estructural del capitalismo, del neoliberalismo y colectivismo.

Agustín Ortega Cabrera (Centro Loyola e ISTIC)
Subdirector del Centro Loyola, Centro Fe-Cultura-Justicia de los Jesuitas (Las Palmas de GC) y Profesor en el ISTIC (Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas). Ha cursado los estudios de Trabajo social (Diplomado), Filosofía y Teología (Licenciado en EE., Teología Sistemática), Moral (Experto Universitario) y Ciencias Sociales (DEA y Doctor por el Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC)

(28 de abril de 2014)

Vea también:
- Nueva Evangelización
- Formación justicia social
- Solidaridad
- Iglesia Universal
- Canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II




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