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PENSAMIENTO SOCIAL Y METODOLOGÍA DE LA MISIÓN EN E
 



Pensamiento social y metodología de la misión

PENSAMIENTO SOCIAL Y METODOLOGÍA DE LA MISIÓN
DESDE LA EVANGELII GAUDIUM


I. Introducción. Sentido y método de la misión evangelizadora.

Se acaba de publicar la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (EG) , que se puede considerar como el primer documento, más propio y singular, del Papa Francisco. En este escrito, presenta el Papa lo que puede ser considerado como las líneas “programáticas”, las claves y criterios, de lo que pretende ser su ministerio y la vida, la fe y la misión, de la iglesia en esta nueva etapa eclesial que vivimos. Es un documento muy interesante e importante, trascendental y monumental, que abarca y trata muchas realidades o temáticas, que conviene, por lo tanto, leerlo de forma precisa y atenta. Nosotros, en este escrito, nos vamos a centrar en el pensamiento social que se halla en EG, la moral y la doctrina social de la iglesia (DSI) en dialogo con las ciencias sociales o humanas- teniendo en cuenta, en especial, su base filosófica, antropológica y ética-, y su inter-relación con la misión evangelizadora de la iglesia (cf. EG 40). Queremos poner de relieve como el Papa, desde la cosmovisión social y antropológica en perspectiva cristiana, traza todo un camino (método) y forma de misión, de la nueva evangelización para la época actual. EG emplea claramente una metodología inductiva-deductiva, es decir, el encuentro o co-relación, fecunda e inseparable, entre la realidad, la vida y la existencia o contexto socio-histórico: con el Evangelio y la fe cristiana, con su mensaje espiritual y teologal, social y moral.

Sigue así la senda del Vaticano II y la DSI, donde cristalizó y se plasmó toda la renovación bíblica, espiritual y teológica-pastoral de nuestra época contemporánea; en especial, con las metodologías de formación y praxis de los movimientos apostólicos-obreros, como la JOC y la HOAC, con la revisión de vida y la encuesta sistemática, el ver/juzgar/actuar, etc. que tanto ha marcado a la espiritualidad y a la misión de la iglesia. “La tarea evangelizadora se mueve entre los límites del lenguaje y de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible” (EG 45). Frente a todo eclesiocentrismo y “auto-referencialidad” o “mundanidad espiritual”, un elitismo y poder espiritual (poder mundano, Cf. EG 94-95), la identidad y vocación de la iglesia es la misión de anunciar, realizar o servir al Evangelio para toda la humanidad. Es la iglesia “en salida”, de corazón abierto como Dios Padre, la iglesia del Reino, el proyecto de Jesús, desde las periferias y con los pobres de la tierra (cf. EG 46-49). Una iglesia que, desde la diversidad de sus ministerios y carismas, toda ella, todo el pueblo de Dios, es sujeto y protagonista de la misión evangelizadora, del Reino y su salvación liberadora (Cf. EG 111-113). En donde es fundamental el papel de los laicos y de la mujer, con su vocación bautismal e identidad específica: la gestión y transformación, más directa e inmediata de la sociedad-mundo, sin que ello obste para ejercer también la co-responsabilidad dentro de la misma iglesia (cf. EG 102-104).

De ahí que para la misión de la iglesia, con esta metodología y espiritualidad de encarnación de la belleza del Evangelio, su misericordia, en la realidad y en el mundo (cf. EG 43), haga falta, con el empleo de las ciencias sociales (cf. EG 40), un análisis y discernimiento espiritual-profético de la realidad. Lejos de toda neutralidad o asepsia, es una mirada social y espiritual que discierne los signos del Reino, del Espíritu y de los tiempos, aquello que favorece o atenta contra el Reino, el bien y del mal, etc., también en clave ignaciana (cf. EG 50-51).

II. El contexto y análisis-discernimiento de la realidad en la misión.

El evangelio del bien y de la vida se ha de encarnar en nuestro mundo de hoy, marcado por un sistema económico que “mata”, asesina a los pobres de hambre y miseria, los excluye y margina. Este sistema económico de iniquidad, inmoral e injusto, está basado en la competitividad, donde el poderoso se come al débil, que empobrece a la mayoría de la humanidad, e impone por lo tanto la “cultura del descarte, que considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar” (cf. EG 53). Dicho des-orden económico es un ídolo, donde se adora al dios “crecimiento económico”, al dios “mercado”, y frente a sus mentiras de que esto trae el desarrollo, lo que en realidad causa es la exclusión de los pobres por parte de estos poderes económicos; lo que genera es la “globalización de la indiferencia”, que cegados por este sistema consumista del ídolo del mercado, nos impide asumir la responsabilidad ante esta muerte y sufrimiento de los pobres (cf. EG 54).

El des-orden económico actual tiene su raíz en “la idolatría del dinero. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz” (EG 55-56). Esta injusticia y desigualdad mundial que excluye a la mayoría de la humanidad empobrecida, como se observa, la produce la dictadura económica del liberalismo/capitalismo. Esta ideología, imperante, “defiende la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta” (EG 56)

Como se ve, dicha ideología rechaza que, como enseña la DSI, la ética oriente la economía, ya que va contra del bien común y de la vida digna. Y esto porque impone el ídolo tiránico de la libertad de mercado, del beneficio, con su especulación y usura financiera-bancaria, con su sistema fiscal injusto y corrupción inherente: que atenta contra la justicia social-global y ecológica. La economía, las finanzas y los gobiernos deben asumir que “no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. Tal como enseñaban los Padres de la iglesia y su pensamiento social, al que Papa cita, en concreto a San Juan Crisóstomo al que le denomina “un sabio de la antigüedad”. Es el dios del dinero, de la riqueza, del ser ricos que no quiere compartir y distribuir de forma justa los bienes con los pobres (cf. EG 58). Todo ello, esta globalización de la injusticia y desigualdad, es el “caldo de cultivo” de la violencia y de la agresión, ya que el sistema social y económico actual, el liberalismo-capitalismo, hoy global, es “injusto en su raíz” (cf. EG 59). No hay paz y concordia sin que exista la justicia social y global con los pobres, sin que los derechos humanos y un desarrollo (humano, social e integral) alcancen a todas las personas y pueblos de la tierra, sin el bien común y universal que haga posible unas condiciones materiales y económicas, sociales y culturales que aseguren la vida digna de las personas y de los países, sobre todo los más empobrecidos.

Siguiendo a la teología actual y a la DSI, en especial a Juan Pablo II, lejos de todo individualismo, el Papa realiza un análisis social de la realidad donde el mal y el pecado no es solo personal, sino comunitario y social, estructural. “Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas. Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes” (EG 59). Todo lo anterior, subrayamos, tiene su raíz en la ética y cultura actual, la del (neo) liberalismo/capitalismo global, con su individualismo moderno-postmoderno, con su relativismo, fundamentalismos y hedonismos que niegan la ética y lo trascendente o espiritual, los lazos familiares, comunitarios o eclesiales y sociales (cf. EG 61-67).

III. Claves culturales y sociales para la misión.

Por todo ello, tenemos que “inculturar” el Evangelio “Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo. No podemos, sin embargo, desconocer que siempre hay un llamado al crecimiento. Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración” (EG 69).

De modo particular, esto se aplica la cultura urbana. “Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa” (EG 71). Es “una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural” (EG 74). En especial, en las ciudades, se trata de ponerse del lado de los que sufren y peor lo pasan, de los que “reclaman libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que si no son adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza” (EG 74)

En este sentido, “la evangelización también implica un camino de diálogo. Para la Iglesia, en este tiempo hay particularmente tres campos de diálogo en los cuales debe estar presente, para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común: el diálogo con los Estados, con la sociedad –que incluye el diálogo con las culturas y con las ciencias– y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica” (EG 238). “Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural. Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos” (EG 239-40). En esta línea, en el imprescindible dialogo ecuménico e inter-religioso, constitutivo de la misión, se trata de realizar “un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales” (cf. EG 250).

Como venimos mostrando, en todo este carácter social y profético de la misión. Tal como es el amor fraterno del Dios Encarnado en la dignidad de toda persona, y su salvación en las relaciones sociales, del Dios Trinitario, Dios Comunión (cf. EG 177-79), el lugar y realidad privilegiados son los pobres. Así se revela Dios en Cristo (cf. EG 197-98) y su Reino de amor y fraternidad, paz y justicia (EG 180). Es el Dios de los pobres y excluidos. De ahí que sea inseparable la misión evangelizadora y la promoción humana, la acción liberadora en el Espíritu (cf. EG 178). “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres” (EG 187). “La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos. La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas” (EG 188). Por todo ello el Papa quiere “una Iglesia pobre para los pobres”, donde los pobres son sujetos y protagonistas de la misión evangelizadora de la iglesia, de su promoción y liberación integral (cf. EG 198). Para todo esto, es imprescindible el pensamiento social y moral de la iglesia, la DSI, que promueve la justicia, el orden social y el bien común, la transformación del mundo (cf. EG 183-185), cuya entraña es la caridad (cf. EG 177) y la misericordia; frente, asimismo, a todo rigorismo y legalismo (fariseísmo) o purismo moralizante (cf. EG 36-38).

Contra todo asistencialismo o paternalismo, “la necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral. ¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia. Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos.” (EG 202-04).

Se trata de realizar todo lo anterior mediante el carácter social y público de la caridad, la esencial caridad política. “La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas” (EG 205). Para toda esta tarea y misión de la fe y su DSI, el Papa plantea “cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común” (EG 221):

- El tiempo es superior al espacio. “Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos…Hay que generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana” (cf. EG 222-25)

- La unidad prevalece sobre el conflicto. “El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9)” (cf. EG 226-30)

- La realidad es más importante que la idea. “
Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad. La idea –las elaboraciones conceptuales– está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan….El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos” (cf. EG 231-33).

- El todo es superior a la parte. “También es más que la mera suma de ellas.Entre la globalización y la localización también se produce una tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino. El todo es superior a la parte” (cf. EG 234-37).

Terminamos con la llamada a la esperanza, en el dinamismo del Resucitado y su Espíritu, de que sí es posible transformar y renovar la historia, la sociedad y el mundo. El Reino y su salvación liberadora ya está presente en la realidad histórica, lo que culminará en la vida plena, eterna (cf. EG 278-80). De todo lo dicho hasta aquí, de esta alegría y belleza del Evangelio, de la revolución del amor y ternura desde (con) los pobres que nos trae la Buena noticia de Jesús, es paradigma y modelo María, la Madre de la Evangelización (cf. EG 284-86).

IV. Conclusiones y perspectivas. Hacia una renovada ética-moral y pensamiento social en perspectiva teológica.

Como hemos visto, esta nueva exhortación apostólica del Papa Francisco, contiene claves morales, valores éticos y principios sociales que son muy importantes, trascendentales, para la vida de la fe, para la misión y para la sociedad-mundo. La propuesta ética, moral y social de Francisco va en la línea de lo más cualificado de la renovación de la teología moral o ética teológica, del pensamiento social cristiano y la doctrina social de la iglesia. Tal como cristalizó, todo ello, alrededor del Concilio Vaticano II. Efectivamente, se puede ver como lo moral y social en EG se enraíza en las claves teológicas de la fe cristiana, como es la alegría y belleza del seguimiento de Jesús, la vida de Dios en Cristo, y la realización de su proyecto, el Evangelio del Reino de Dios. Un Reino que nos regala el Don de la salvación liberadora en el amor fraterno, la paz y la justicia con los pobres, y que nos libera de todo mal, injusticia y pecado. Es una moral en clave antropológica-teologal. La gracia de la salvación en el Espíritu, acogida en la fe, nos libera para el servicio en el amor y la justicia, para el compromiso por la promoción y liberación integral con los pobres de la tierra, en la esperanza de la vida plena, eterna. Los pobres son así los sujetos principales de la salvación y misión de la iglesia que, cimentada en el Evangelio de Jesús, es iglesia pobre con los pobres.

Un moral de la caridad y de la misericordia ante el sufrimiento y la debilidad de los otros que sabe acoger, perdonar e incluir al otro, a pesar de sus fallos y errores, con la estima o valor de todo lo bueno y verdadero de los demás. Lejos, pues, de todo rigorismo o tradicionalismo (integrismo) moralizante; contra todo fariseísmo y purismo maniqueo o cátaro y jansenista, fundamentalista, que no sabe más que “chismorrear”, calumniar, injuriar o juzgar y condenar (destruir) al otro, que es lo contrario al Evangelio. En la mejor tradición de la moral católica, como la de San Alfonso María de Ligorio, Patrón de moral, donde la salvación en la misericordia, en la caridad y la vida, en la dignidad, el amor y la justicia con los pobres: es lo principal y decisivo, frente un legalismo farisaico, obsesivo y justiciero-condenatorio (violento). Es una moral cristológica que, como el Dios Encarnado en Jesús, se encarna en la realidad y en el mundo, en el sufrimiento, pobreza y exclusión de los oprimidos, marginados y víctimas. Y que desde la Pascua de Cristo, desde el Resucitado y su Espíritu, mantiene y aviva la esperanza. Sí es posible que la realidad y el mundo se puedan transformar, que el mal, la injusticia y la muerte sean vencidas en la ética de la esperanza desde la Pascua de Jesús. La moral tiene, pues, un carácter social porque busca sanar y salvar las relaciones comunitarias y sociales, frente a todo individualismo.

Una ética en perspectiva Trinitaria, donde el Dios Uno y Trino- Misterio de Comunión-, el Dios Comunitario, fundamenta y modela toda la vida comunitaria, social y pública. Una ética que se incultura en los ciudades y pueblos, en las diversas culturas y tradiciones espirituales o religiosas, para la búsqueda de la fraternidad, la paz y la justicia. En este sentido, la moral que es constitutivamente social, la ética que tiene está proyección pública: transforma y renueva lo peor de la modernidad-postmodernidad, la cultura e ideología del liberalismo con su individualismo, relativismo o hedonismo como se da de forma ejemplar con el consumismo. La ética y la moral ejercen este inherente carácter social y público de la caridad, la caridad política, ese amor más amplio, universal y transformador que revierte u orienta las relaciones humanas y sociales, mundiales y universales. Frente a todo asistencialismo y paternalismo, la caridad política realiza la paz y la justicia yendo a las raíces del mal y de la injusticia, del pecado personal y social o estructural. Esto es, las estructuras (sociales, económicas y políticas) de pecado que causan la desigualdad e injusticia en forma de hambre y pobreza, de paro y explotación laboral. Se trata de luchar contra el sistema económico actual, el liberalismo/capitalismo, que es injusto e inmoral en su raíz. Ya que ejerce la dictadura e idolatría del crecimiento económico, de la libertad del mercado y de la competitividad, que mata y excluye a las personas y pueblos, a los pobres. El liberalismo-capitalismo no quiere que los mercados sean regulados por la ética, por la sociedad civil y el estado que son los garantes del bien común, e impone la especulación y usura financiera-bancaria endeudando a la gente, empobreciéndolas, creando paro y explotación laboral en serie. Todo ello genera la “cultura del descarte”, por la que son excluidos aquellos que no son rentables, que no tienen poder de consumo, etc. Es un sistema que se funda en el dios del dinero, en la idolatría de la riqueza, del ser rico.

Se trata entonces de promover otra cultura y otro sistema social, político y económico, basados en los principios tales como que el tiempo desborda al espacio, los procesos o proyectos desde la utopía, esperanzados, de justicia e igualdad, frente a tiranía del espacio o poder, privilegios y eficiencia cortoplacista. El que hay asumir los conflictossociales, la violencia, la injusticia y desigualdad social-global que sufren los pobres y excluidos a manos de los ricos, de los poderosos, para promover la unidad fraterna, la paz y la justicia. Como el que las ideas no pueden negar la realidad, están al servicio de la realidad, de la verdad real, en donde hay que encarnarse. Al igual que hizo Jesús y sus testigos, toda esa realidad de la “memoria solidaria y liberadora”, como son los santos, la encarnación del amor, de la solidaridad y la justicia en la historia, frente a todo idealismo. Y por ultimo que el todo es mayor que la parte, es más que la simple suma de las partes. Con lo se trata de conectar lo local con lo global, en la era de la globalización en que vivimos- y “globalización de la indiferencia” ante el dolor e injusticia-, para buscar el bien común más universal, lejos de todo localismo o corporativismo.

Como se observa el Evangelio es la Revolución de la ternura. Y su ética o moral no es una norma fría y extraña que se impone desde fuera, sino que responde a lo más profundo de nuestro ser y naturaleza humana, de nuestra real libertad y vida (una verdadera autonomía moral) enraizada en Dios (es una “autonomía Teónoma”). La moral cristiana se configura entonces como “una autonomía” (responde a la entraña de nuestro ser, a nuestra libertad liberada), que se realiza en la “alteridad política y liberadora” (de los otros, de los pobres y de la realidad que hay que transformar en el bien común) y que es “Teo-Cristocéntrinca” ya que se enraíza en Dios, Cristo y su Evangelio. Es, por tanto, una moral de la autonomía, política y liberadora, Teo-Cristónoma y Trinitaria.

Agustín Ortega Cabrera (Centro Loyola e ISTIC)
Subdirector del Centro Loyola, Centro Fe y Cultura de los Jesuitas (Las Palmas de GC) y Profesor en el ISTIC (Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas). Ha cursado los estudios de trabajo social (Diplomado), Filosofía y Teología (Licenciado en EE., Teología Sistemática), Moral (Experto Universitario) y Ciencias Sociales (DEA y Doctor por el Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC)

(27 de noviembre de 2013)

Vea también:
- La alegría del Evangelio, exhortación apostólica del 26 noviembre de 2013
- Doctrina social: Textos del Magisterio
- Formación justicia social
- Solidaridad
- S.S. Francisco
- Nueva Evangelización
- Año de la Fe
- Clasificación de los documentos papales




Filipinas: símbolo de injusticia global | Papa Francisco y Doctrina Social ¿marxistas?

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