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RIQUEZA Y PROPIEDAD EN LA MORAL DE LA IGLESIA
 



 

LA RIQUEZA-SER RICO Y LA PROPIEDAD
ANTE LA MORAL DE LA IGLESIA


Agustín Ortega (Centro Loyola e ISTIC)

Con motivo de La Jornada Mundial del Medioambiente, el Papa Francisco acaba de compartir este mensaje: “se nos invita a contrarrestar el desperdicio de alimentos y a mejorar su distribución en el mundo. Dios confió al hombre y a la mujer el cultivo y cuidado de la tierra, para que todos pudieran habitar en ella, pero el egoísmo y la cultura del descarte han conducido a desechar a las personas más débiles y necesitadas. Más aún, en muchas partes del mundo, no obstante el hambre y la desnutrición existentes, se desechan los alimentos. Cuando la comida se comparte de modo justo, nadie carece de lo necesario. Los alimentos que se tiran a la basura son alimentos que se roban de la mesa del pobre, del que tiene hambre”. De nuevo este mensaje tan evangélico y profético del Papa, por un lado, ha causado admiración por su coherencia y credibilidad y, por otro, escándalo e incomprensión de parte de los satisfechos, potentados y ricos. Y es que con este mensaje, Francisco va a la raíz del mal y de las injusticias. Tal como es el salvaje capitalismo que el Papa, en su anterior mensaje (21 de Mayo, Roma), denunciaba y deslegitimaba moralmente como causante de la crisis y su injustas desigualdades sociales y globales. Es decir, como enseñaba Juan Pablo II, el Papa Francisco ve en el egoísmo, en el afán de tener o poseer y consumir, de ser acaparar o acumular bienes y recursos (riquezas), de querer ser rico: el motivo profundo de todo mal e injusticia, como es el inmoral sistema capitalista que genera el mayor problema y escándalo del mundo, a saber, el hambre y la pobreza que sufre la mayoría de la humanidad. En este mensaje, siguiendo al magisterio anterior, el Papa dice que “la ecología humana y la ecología medioambiental son inseparables”, abogando claramente por un desarrollo humano, social e integral (moral y espiritual), frente a esta cultura capitalista del individualismo posesivo y consumista.

Y es que solo hay que leer el Evangelio para saber que la riqueza es injusta (Lc 16,9), que el ser rico es incompatible con el seguimiento de Jesús. Repásense textos como el del Magníficat (Lc 1,46-55), las Bienaventuranzas y Malaventuranzas (Lc 6,20-23), el dicho sobre el rico (del camello y del ojo de la aguja, Mt 19,24), la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31), las llamadas y exigencias del seguimiento de Jesús, como la del joven rico (Mc 10, 17-27). Así fue la vida de la Sagrada Familia y de nuestro Señor Jesucristo que nació pobre (2 Cor 8,9), en una familia pobre, durante su vida no tuvo donde reclinar la cabeza (Lc 9, 58) y murió despojado, Crucificado. Todo esto lo recoge la tradición de la iglesia, con los Santos Padres, los Doctores y Santos de la iglesia que nos transmiten y actualizan este Evangelio. Este mensaje de la tradición de la iglesia sobre la pobreza, riqueza y propiedad se condesa en aquella famosa enseñanza de San Jerónimo, que también lo expresan de forma similar los otros Padres de la iglesia: "Un rico es un ladrón o heredero de ladrón(Epístola a Hebidia, 121,1). Como nos enseña esta tradición de la iglesia, las riquezas no son solo inmorales por su origen, ser rico es fruto de la injusticia, sino porque teniendo riquezas: no compartimos con los pobres hasta quedarnos con lo vital, con lo necesario hasta dejar de ser rico.

Se trata de ser pobre de forma evangélica, como nos enseña Jesús, es vivir con ese estilo austero, sobrio en solidaridad y libertad para el compromiso por la justicia con los pobres. Y para ello, no solo basta con la simple intención o declaración de no estar apegado al dinero; sino la actitud real de compartir y desprenderse de este dinero o bienes hasta dejar de ser rico, esto es, poseer solo lo estrictamente necesario para vivir con sentido y dignidad. No vale decir que ser pobre es no estar apegado al dinero, y después, realmente, ser rico teniendo llena la cartera, poseyéndose fortunas en la cuenta corriente o bancaria, con el patrimonio, la renta, las finanzas o lo que sea. Unos pueden tener la responsabilidad de gestión de abundantes bienes o recursos, como puede ser una empresa o negocio más o menos grande-aunque la iglesia siempre ha recomendado que esta gestión o propiedad sea socializada-; pero la posesión o uso y disfrute de esos bienes debe ser para todos, no solo para unos pocos ricos. Tal como nos enseña todo ello Tomás de Aquino (Suma teológica - Parte II-IIae). El Vaticano II (GS 69) y Juan Pablo II (SRS 31) nos lo han seguido recordando y profundizando con su mensaje del vivir en solidaridad evangélica, compartiendo ya no solo de lo que nos sobra, sino hasta de lo que necesitamos para vivir. El Papa Juan Pablo II aplica esto, igualmente, al interior de la iglesia cuando dice: “pertenece a la enseñanza y a la praxis más antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma, sus ministros y cada uno de sus miembros, están llamados a aliviar la miseria de los que sufren cerca o lejos, no sólo con lo superfluo, sino con lo necesario. Ante los casos de necesidad, no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello. Como ya se ha dicho, se nos presenta aquí una jerarquía de valores -en el marco del derecho de propiedad-entre el tener y el ser, sobre todo cuando el tener de algunos puede ser a expensas del ser de tantos otros (SR31)

Por eso, como enseñaba Tomás de Aquino y actualiza el Vaticano II (GS 69), en caso de necesidad los bienes son comunes, y no es hurto que el pobre se apropie para sí los bienes que no son estrictamente necesarios a los otros. Está claro que este reparto se debería hacer de forma ordenada y jurídica, con las instituciones del estado, mediante por ejemplo un salario justo, una renta o sistema fiscal equitativo, etc. Pero cuando esto no sucede y peligra la subsistencia (la vida y dignidad) de la persona: esta apropiación de lo ajeno no es robo. Debemos, pues, discernir en conciencia que es lo que tiene de más y que se puede compartir con los pobres hasta ser pobres evangélicos, en solidaridad, libertad y compromiso por la justicia. Ya que en el lenguaje y entraña de la moral clásica, como la de Tomás de Aquino, la propiedad no es de derecho natural (no es una clave ética en sí ni dispuesta por Dios) y sí lo es el destino universal de los bienes que pertenece al Plan de Dios. El Reino de Dios ha destinado los bienes para todos los seres humanos. Tal como nos enseña toda esta tradición de la iglesia. La propiedad es un derecho positivo (una ley humana o jurídica) y solo es moral si cumple esta clave ética y el plan (ley) de Dios: la universal y justa distribución de los bienes para toda la humanidad. Por todo ello, la tradición de la iglesia nos muestra que las riquezas, el ser rico es inmoral. Ya que todo lo que no es estrictamente necesario para vivir, todo lo que sobra o es superfluo- es decir, las riquezas-, pertenecen a los pobres, hay que restituirla en justicia a los pobres que, por su necesidad, pueden coger lo ajeno; pueden apropiarse de estos bienes que sobran sin que sea considerado hurto.

Vamos así a la inmoral entraña del capitalismo que es la absolutización de propiedad privada (de los medios de producción, de los recursos y bienes, de las rentas o patrimonios.). Y esto es lo que no acepta la ética y la moral social de la iglesia. Porque la esencia de la moral y doctrina social de la iglesia (DSI) revierte esta entraña del capitalismo. La clave de DSI es la prioridad absoluta del destino universal de los bienes sobre el derecho de propiedad, que la iglesia acepta en tanto en cuanto esta tenga un carácter social (GS 69). Esto es, que haga posible el destino universal de los bienes, es la propiedad personal para todos; y no la propiedad privada, para unos pocos ricos y poderosos (capitalistas) como está en el espíritu del capitalismo. Evidentemente, como se sabe, la DSI se opone también al comunismo colectivista que niega este derecho de propiedad personal. Ya que impone totalitariamente que el estado- que en realidad, para el colectivismo, es solo una elite del partido único o de la clase dirigente gubernamental- o nación: sea poseedor y dueño de todo. Frente al mercantilización de la propiedad (capitalismo) o la estatalización de la misma (colectivismo), la DSI defiende la socialización de la propiedad, del trabajo, del capital (como son los medios de producción, la empresa...), etc. para que haya propiedad personal para todos los seres humanos. Es decir, para que se cumpla la justa distribución de los recursos, el destino universal de los bienes. Tal como se nos manifiesta todo ello, por ejemplo, en la LE de Juan Pablo II (LE 14-15) o también en la GS del Vaticano II (GS 69), donde se muestra esta orientación personalista comunitaria (social y solidaria) de la propiedad y de la economía, del trabajo y de la empresa, de los bienes y recursos…

(Junio 2013)

Vea también:
- Doctrina social: Textos del Magisterio
- Doctrina Social Iglesia: Textos olvidados
- Doctrina social católica
- Pobreza- pobres
- Cáritas: Acción Caritativa y Social
- Formación justicia social
- Solidaridad




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