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SOCIOLOGÍA Y PSICOLOGÍA DEL TRABAJO EN DIÁLOGO CON
 



 

SOCIOLOGÍA Y PSICOLOGÍA DEL TRABAJO EN DIALOGO CON LA MORAL-DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Las ciencias sociales, como la sociología y la psicología, nos muestran como las personas se co-relacionan e inter-actúan con la sociedad. Esta mutua retro-alimentación de las personas con sus relaciones sociales, con las estructuras culturales, políticas o económicas: condicionan o favorecen, para bien o para mal, la realización, desarrollo y felicidad de la personas. No se entiende adecuadamente la conducta, conciencia e inteligencia de los seres humanos sin situarlos en este contexto cultural y socio-histórico, político y económico que posibilita el sentido y el bien de la existencia, la vida saludable, feliz de las personas. Tal como se observa, la raíz de estas ciencias sociales es la filosofía subyacente que se tenga, una adecuada cosmovisión y compresión del ser humano, una antropología y ética integral. Así, frente a la predominante visión individualista y neo-liberal/capitalita, la persona es un ser en relación con los otros, con la comunidad y la sociedad, envuelto en el ambiente cultural y histórico-social, en las estructuras y sistemas de poder políticos o económicos. Ahí está, por ejemplo, la plaga actual del suicidio generada por la crisis.

Este marco interdisciplinar, científico social y filosófico-antropológico, permite un dialogo fecundo entre estas ciencias sociales o humanas y la fe, con la espiritualidad, la antropología y ética cristiana. Por ejemplo, con la conocida como Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Efectivamente, esta visión interdisciplinar es muy valorada e impulsada por la teología y, en particular, por la DSI como nos muestra Juan Pablo II (CA 54), por la ética teológica en general; para comprender así, adecuadamente, el ser social e histórico de la persona. Tal como vamos a ver a continuación. Este pensamiento ético y social de la iglesia, por ejemplo el Vaticano II (GS 35), Pablo VI (PP 19) o Juan Pablo II (SRS 28), nos presenta el ser cultural y social de las personas dominadas, actualmente, por la cultura del tener que se impone sobre el ser; lo que causa deshumanización e injusticia. Esto es, un falso desarrollo de los seres humanos y de los pueblos. Con un carácter economicista y consumista, que genera la inhumanidad de unos pocos, esclavizados en el afán de posesión e individualista, a costa de la injusticia y desigualdad social/mundial que padece la mayoría de la humanidad empobrecida, excluida.

Como dice Juan Pablo II, se trata “de la alienación, junto con la pérdida del sentido auténtico de la existencia...En efecto, la alienación se verifica en el consumo, cuando el hombre se ve implicado en una red de satisfacciones falsas y superficiales, en vez de ser ayudado a experimentar su personalidad auténtica y concreta. La alienación se verifica también en el trabajo, cuando se organiza de manera tal que «maximaliza» solamente sus frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador, mediante el propio trabajo, se realice como hombre, según que aumente su participación en una auténtica comunidad solidaria, o bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia y de recíproca exclusión, en la cual es considerado sólo como un medio y no como un fin…La alienación en las diversas formas de explotación, cuando los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para satisfacer cada vez más refinadamente sus necesidades particulares y secundarias, se hacen sordos a las principales y auténticas, que deben regular incluso el modo de satisfacer otras necesidades. El hombre que se preocupa sólo o prevalentemente de tener y gozar, incapaz de dominar sus instintos y sus pasiones y de subordinarlas mediante la obediencia a la verdad, no puede ser libre” (CA 41-42)

Ahí tenemos, como nos muestra Benedicto XVI, la “falta de respeto de los derechos humanos de los trabajadores…provocada por grandes empresas multinacionales y también por grupos de producción local…Al considerar los problemas del desarrollo, se ha de resaltar la relación entre pobreza y desocupación. Los pobres son en muchos casos el resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano, bien porque se limitan sus posibilidades (desocupación, subocupación), bien porque se devalúan «los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia»” (CV 22 y 63). En este sentido, continúa el Papa, se ha producido la “reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes al gasto social, con frecuencia promovidos también por las instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y nuevos.

La incertidumbre sobre las condiciones de trabajo a causa de la movilidad y la desregulación se hace endémica, surgen formas de inestabilidad psicológica, de dificultad para abrirse caminos coherentes en la vida, incluido el del matrimonio. Como consecuencia, se producen situaciones de deterioro humano y de desperdicio social. Respecto a lo que sucedía en la sociedad industrial del pasado, el paro provoca hoy nuevas formas de irrelevancia económica, y la actual crisis sólo puede empeorar dicha situación. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual” (CV 24). Como se observa, cada una desde su ámbito, la sociología o psicología y la DSI convergen en esta compresión del ser humano, situado social e históricamente. En donde los sistemas políticos, económicos y sociales inhumanos e injustos, como el laboral, afectan a la salud y psicología de las personas. Los seres humanos se ven dañados en su condición personal y psico-social con las lacras de la alienación, deshumanización e injusticia social-global en forma de pobreza o exclusión social.

La DSI y las ciencias sociales han analizado esta ideología, materialista y economicista, y a su sistema, el capitalismo, que es inhumano e inmoral. El capitalismo mercantiliza, instrumentaliza y cosifica al ser humano, al trabajador y a sus familias, margina a las personas, excluye a los pobres como nos mostró Juan Pablo II (LE 7, CA 34). El capitalismo aprisiona y manipula la libertad del ser humano, con un desprecio y negación de lo moral, de lo espiritual y liberador en la existencia de la persona. Tal como nos enseña la DSI, por ejemplo Juan Pablo II (CA 33, 35 y 42) y Benedicto XVI (Aparecida 4), en la línea de estas ciencias sociales. La filosofía, las ciencias sociales y la fe sostienen que la realización, la felicidad y auténtica libertad del ser humano se efectúan: en la entrega y en el servicio por el otro, por la comunidad; en la búsqueda del amor que promueve la justicia con los pobres y el bien común; en la vida ética, espiritual y trascendente que, desde la fe, te abre al encuentro con Dios, frente a toda esta alienación y falsa libertad del neoliberalismo/capitalismo o del comunismo colectivista (CA 41 y 58). “El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Ésta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su vida, no a alguien inoportuno o como si fuera una carga, sino la ocasión de un bien en sí, la posibilidad de una riqueza mayor. Sólo esta conciencia dará la fuerza para afrontar el riesgo y el cambio implícitos en toda iniciativa auténtica para ayudar a otro hombre. En efecto, no se trata solamente de dar lo superfluo, sino de ayudar a pueblos enteros —que están excluidos o marginados— a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano. Esto será posible no sólo utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia, sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad” (CA 58).

En particular, en el ámbito del trabajo, para superar esta alienación, inhumanidad e injusticia del sistema capitalista o colectivista, como clave de toda esta cuestión social, hay que promover el destino universal de los bienes, que está por encima de la propiedad privada. La propiedad está destinada para todos los seres humanos, tiene un carácter social, como nos enseña, por ejemplo, el Vaticano II (GS 69) y Juan Pablo II (LE 14). De ahí que la clave esencial de dicha cuestión social y de la DSI es el trabajo decente, humanizado con un salario digno, justo para las personas y sus familias (LE 19). Ya que el trabajo, la realización y dignidad del trabajador tiene la prioridad sobre el capital (beneficio, medios de producción…, LE 13). Estos medios o las empresas deben ser humanizadas y socializadas, todos los trabajadores deben ser protagonistas y participes de las empresas, que están llamadas a ser comunidades humanas, del don de la gratuidad y la solidaridad. “Es la subjetividad de la sociedad, es decir, cuando toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo «copropietario» de esa especie de gran taller de trabajo en el que se compromete con todos” (cf. LE 14-15; Benedicto XVI, CV 37-38). Para todo ello, frente al neo-liberalismo y su ídolo del mercado libre que rechaza la ética-política, es necesario que el empresario directo e indirecto, el estado y la sociedad civil controlen y regulen a la economía, al mercado y las políticas laborales para el bien común, la fraternidad y la justicia con los pobres (PP 33; LE 17-18; CA 35 y 48).

La economía financiera especulativa y usurera es inmoral, con sus créditos e intereses que son abusivos, usureros, nada éticos. Lo cual nos ha metido en la injusta crisis: provocada por el capitalismo que es salvaje, ya que “impone la lógica del provecho a cualquier costo, del dar para obtener, del explotar sin mirar a las personas”, tal como decía el Papa Francisco (21-05-2.013, Roma). Y debe dejar paso a unos créditos morales y justos, a unas empresas y finanzas-banca ética, a una economía real, que sirva al trabajo, al empleo y al desarrollo integral, como ya manifestaba León XIII (RN 1; cf. CA 43; Compendio de DSI 369-72; CIV 65 y 75). Las riquezas, el ser ricos va en contra de ética, de la solidaridad entre las personas y pueblos (cf. GS 69; SRS 31). El tener y el consumismo destruye a la ecología integral (ambiental, humana o social y espiritual; cf. CV 50-51). Para todo ello, son imprescindibles la existencia de los movimientos sociales y obreros, fruto de la solidaridad del mundo del trabajo, como son los sindicatos: que la iglesia alaba e impulsa para la vida y dignidad de la persona, del trabajador/a y su familia. Los sindicatos deben promover la solidaridad internacional y la justicia global con todos los trabajadores y pobres de del planeta (LE 8; CV 63-64).

Para terminar y resumir, frente a la ideología neoliberal y el sistema actual, el capitalismo que por naturaleza es inmoral e inhumano, nos enseña el Papa Francisco que “el trabajo es una realidad esencial para la sociedad, para las familias y para los individuos y que su principal valor es el bien de la persona humana. Ya que la realiza como tal, con sus actitudes y sus capacidades intelectuales, creativas y manuales. De esto se deriva que el trabajo no tenga sólo un fin económico y de beneficios, sino ante todo un fin que atañe al hombre y a su dignidad. ¡Y si no hay trabajo esa dignidad está herida! Cualquier persona sin empleo o subempleada corre, de hecho, el peligro de que la sitúen al margen de la sociedad y de convertirse así en una víctima de la exclusión social. ¿Que podemos decir frente al gravísimo problema del paro que afecta a tantos países europeos? ¡Es la consecuencia de un sistema económico que ya no es capaz de crear puestos de trabajo, porque ha colocado en el centro a un ídolo llamado dinero! Por lo tanto, los diversos sujetos, políticos, sociales y económicos están llamados a promover un enfoque diferente, basado en la justicia y la solidaridad, para garantizar a cada uno la posibilidad de desempeñar un trabajo digno. El trabajo es un bien de todos, que debe estar al alcance de todos (20-03-2.004, Aula Pablo VI, Audiencia a los trabajadores de las acerías de Terni ).

Agustín Ortega Cabrera (Centro Loyola e ISTIC)
Subdirector del Centro Loyola, Centro Fe y Cultura de los Jesuitas (Las Palmas de GC) y Profesor en el ISTIC (Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas). Ha cursado los estudios de trabajo social (Diplomado), Filosofía y Teología (Licenciado en EE., Teología Sistemática), Moral (Experto Universitario) y Ciencias Sociales (DEA y Doctor por el Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC)

(1 de mayo de 2014)

Vea también:
- Formación justicia social




Misión, praxis moral y social en san Juan Pablo II | Doctrina Social de la Iglesia, Guía para comprende

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