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FRANCISCO EN LA MESA DE LOS POBRES
 

FRANCISCO
EN LA MESA CON LOS POBRES


Huye del exceso de boato y de las muestras de poder.
En las distancias cortas prefiere ser llamado «padre Bergoglio» que «su eminencia» o «cardenal»

Jorge Mario Bergoglio no es un cardenal como los demás. Lo ha demostrado en Buenos Aires, de cuya archidiócesis ha sido arzobispo desde 1998 (era desde el año anterior arzobispo auxiliar), y en Roma. Es miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, del Consejo Pontificio por la Familia y de la Comisión Pontificia por América Latina. En Argentina, es considerado progresista frente a un episcopado mayoritariamente conservador.

A diferencia de algunos de sus hermanos en el Colegio Cardenalicio, el nuevo Papa ha huido siempre del exceso de boato o de las muestras de poder. Francisco no se ha movido en coche oficial ni cuenta con chófer: prefería el autobús o el metro (el «subte», como dicen sus compatriotas) para moverse por los barrios de Buenos Aires, por donde suele pasear vestido de cura común y corriente. Vive en una habitación en la catedral y no tiene secretario; él mismo lleva su agenda. Viaja en turista y llego a Roma solo, sin ayudantes, portando él mismo su maleta. En la Ciudad Eterna, durante la semana de congregaciones generales previa al cónclave, entraba en el Aula Pablo VI caminando, en medio del enjambre de periodistas.

«Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos», ha dicho más de una vez para explicar la opción de vivir en un apartamento y de prepararse la cena él mismo, cuenta «L'Osservatore Romano». A sus sacerdotes siempre les ha recomendado misericordia, valentía apostólica y puertas abiertas a todos. Lo peor que puede suceder en la Iglesia, explicó en algunas circunstancias, «es aquello que De Lubac llama mundanidad espiritual», que significa «ponerse a sí mismo en el centro». Y cuando cita la justicia social, invita en primer lugar a retomar en mano el catecismo, a redescubrir los diez mandamientos y las bienaventuranzas. Su proyecto es sencillo: si se sigue a Cristo, se comprende que «pisotear la dignidad de una persona es pecado grave».

Bergoglio es el primer Papa latinoamericano, pero une a su origen una amplia experiencia europea que, a buen seguro, ha animado a sus hermanos en el Colegio Cardenalicio a elegirle como sucesor de Benedicto XVI. El nuevo Papa, tras su ordenación sacerdotal en 1969, pasó dos años en España, concretamente en Alcalá de Henares, donde realizó la profesión perpetua. En 1986 vivió durante un tiempo en Alemania, donde acabó su tesis doctoral.

Como denota su apellido, Bergoglio tiene orígenes italianos, concretamente de Turín. Por eso, algunos italianos, que esperaban la elección de un Pontífice transalpino, celebraron su nombramiento como un premio de consolación. El padre del nuevo Papa era un inmigrante originario de la región del Piamonte, en el norte del país y era trabajador ferroviario. Su madre era ama de casa. Ambos dejaron su tierra para buscar una vida mejor en Argentina. Esta condición de ser hijo de emigrantes hizo de Bergoglio, según quienes le conocen, un hombre humilde y agradecido. En Italia, de hecho, ya se especula con una próxima visita de Francisco a Turín, la capital piamontesa, para visitar la Sábana Santa.

El obispo de Roma número 266 en la historia de la Iglesia es conocido en Argentina como el cardenal de los pobres por sus continuos gestos con los más desfavorecidos y su gran humildad y sencillez personal. De hecho, se recuerda con especial cariño en Argentina el gesto que tuvo en 2001, cuando Juan Pablo II le creó cardenal. Un buen número de obispos y sacerdotes de su país quiso acompañarle durante su participación en el consistorio, pero él le pidió que no lo hicieran y que el dinero que tenían pensado gastar en su viaje lo dedicaran a ayudar a los pobres.

Se despierta a las cinco y media de la mañana y mantiene un estilo de vida austero. Le gusta estar con la gente. Es un cardenal muy querido en Argentina, sencillo y volcado en la cuestión social. Los viernes santos tiene la costumbre de recorrer los hospitales de la capital visitando a enfermos, como haría cualquier párroco. Los argentinos le ven como a Juan XXIII, aunque también hablan de sus «gestos» muy al estilo de Juan Pablo II. Quien lo ha conocido de cerca asegura que el hasta ahora arzobispo de Buenos Aires, siempre pide a los demás que recen por él, tal y como ha hecho nada más aparecer en el Balcón de las Bendiciones. Esos gestos son importantes y Francisco los ha tenido en cuanto se ha presentado ante la cristiandad: con una cruz pectoral de plata envejecida y evidenciando una timidez que, si bien se ha disipado transcurridos los minutos, ha sorprendido en la Plaza de San Pedro. En las distancias cortas, prefiere ser llamado «padre Bergoglio» a «cardenal» o «su eminencia»; así le conocen las villas miserias, los suburbios bonaerenses, por los que se pasea, tras llegar en metro, para inaugurar capillas, bendecir comedores sociales e incluso usarlos, comiendo codo con codo con los pobres de las villas. Salvo esta, no acepta ninguna otra invitación para cenar. Según «L'Osservatore Romano», como arzobispo de Buenos Aires pensó en un proyecto misionero centrado en la comunión y en la evangelización, con cuatro objetivos: comunidades abiertas y fraternas; protagonismo de un laicado consciente; evangelización dirigida a cada habitante de la ciudad, y asistencia a los pobres y a los enfermos.

DARÍO MENOR/ÁNGELES CONDE
13 de marzo de 2013.




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