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ECHARREN RETIRO SACERDOTAL DE CUARESMA 2005
 

RETIRO SACERDOTAL DE CUARESMA
(3 de Febrero de 2005)
MEDITACIÓN

Mc. 7, 31-37

Una nueva Cuaresma, llama a nuestras puertas, a nuestra puerta de nuestra vida sacerdotal. Todos sabemos lo que representa el tiempo de Cuaresma, tanto en la vida de la Iglesia, como en la vida cristiana y en nuestra vida presbiteral.

No es preciso recordarlo. Lo importante es vivirlo: a la luz de la Palabra de Dios, a la luz de la preciosa liturgia de este tiempo privilegiado, a la luz de una penitencia cargada de amor y de confianza en el perdón de Dios, a la luz finalmente de la espera gozosa de la Semana Santa que culmina en la Vigilia Pascual.

Con este retiro iniciamos, pues, el tiempo de Cuaresma, subrayando que la primera dimensión de la vida pastoral ha de ser la contemplativa, es decir, aquella que entraña una oración que nos pueda permitir crear, en nuestro interior una atmósfera de paz y quietud espiritual.

De acuerdo con el texto que hemos escuchado, podemos comenzar pidiendo al Señor que él, que ha curado al sordomudo, nos conceda el sentir la fuerza de su Espíritu en nuestros corazones, en nuestros oídos, en nuestras lenguas, de forma que todo nuestro presbiterio diocesano viva en plena comunicación con Jesús y en plena mutua comunión. Y al mismo tiempo, rogarle que ilumine nuestro corazón y nuestra inteligencia, para que podamos comprender un poco mejor ese su misterio que actúa en nosotros, a través del texto de San Marcos que acabamos de escuchar.

El contexto de los versículos de San Marcos, es aquel que sigue a la controversia sobre las tradiciones antiguas y, después, la curación de la mujer sirio-fenicia en la región de Tiro y de Sidón, y se podría sintetizar así: Jesús, alternando su presencia, entre los judíos y los paganos.

En efecto, el inicio del capítulo 7º de San Marcos, nos ofrece una serie de situaciones problemáticas muy típicas de los judíos o, si se quiere, de los rabinos: “¿es lícito o no, comer con las manos sin lavar?”. ¿Hasta qué punto hay que conservar las tradiciones de los antiguos?. ¿Cómo distinguir lo puro de lo impuro?.



Concluida la controversia, una vez resuelta y después de haber indicado la importancia de la moral que nace del corazón, del interior del ser humano, el texto evangélico nos narra que Jesús se trasladó a la región de Tiro y Sidón, totalmente fuera por tanto del mundo rabínico; Jesús deja el ámbito judío y se sitúa en pleno mundo pagano, y allí cura a la hija de la sirio-fenicia y, posteriormente, volviendo de Tiro a través de Sidón, se dirige hacia el mar de Galilea, y en medio de la Decápolis, cura al sordomudo.

Es interesante poner de manifiesto la desenvoltura con la que Jesús, sale del mundo del judaísmo de la más rígida observancia, para entrar en el mundo del paganismo más idólatra y confuso, privado de cualquier ética y sin ninguna claridad religiosa. Y viceversa.

Se trata de dos ambientes totalmente contrapuestos, tanto social como cultural y religiosamente considerados, dos ambientes que se podían considerar como radicalmente separados por un muro, un muro como aquel que , según San Pablo, Jesús ha destruido con su muerte: “El ha hecho de dos pueblos uno sólo, destruyendo el muro de enemistad total que los separaba. El ha anulado en su propia carne la ley con sus preceptos y sus normas. El ha hecho en sí mismo de dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz. El ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un sólo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad (Ef. 2, 14-16).

Jesús, por tanto, ha destruido el muro con su propio cuerpo, en su cruz en la que muere. Y en el pasaje evangélico de Marcos, como un anticipo de la cruz, Jesús se muestra como el que va sin problemas de un lado al otro del muro, uniendo en su persona las dos concepciones religiosas de la vida y llevando la salvación a ambas.

En este contexto leemos el Evangelio que hemos escuchado. Jesús, de vuelta de la región de Tiro, pasa por Sidón y se dirige al mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis.

Con estas indicaciones, San Marcos, nos quiere hacer entender que Jesús no se ha detenido durante un breve espacio de tiempo en territorio pagano, sino que ha tenido tiempo de conocer el paganismo con sus tremendas carencias morales y religiosas y sus consiguientes depravaciones. San Marcos, el evangelista de los paganos, subraya con énfasis un tal aspecto porque constituye ya una especie de ensayo, una promesa del anuncio de la Buena Noticia a los paganos, gente muda, es decir, que no sabe rezar, gente sorda (que no sabe escuchar ni siquiera la palabra de la Torá), pero que todavía puede llegar a encontrar la capacidad de escuchar la Palabra de Dios y la de rezar o invocar a Dios como Padre.

Y le llevan junto a él a un sordomudo rogándole que le imponga las manos para curarlo. Se trata de una persona que ni sale, ni puede comunicarse, y todos sabemos las consecuencias psicológicas de no poder ni oír, ni hablar: es un ser humano encerrado en sí mismo, que se convierte en un hombre que sospecha de todo y de todos, susceptible, al que a las fatigas físicas hay que añadir las fatigas o sufrimientos psicológicos, ya que desconociendo lo que los demás dicen, siempre tendrá la impresión de que se burlan de él o de que es víctima de mil murmuraciones, es decir, un hombre al que la sospecha le llena el corazón y envenena su existencia.

No podemos olvidar que una gran parte de nuestras relaciones humanas y sociales, pasan a través de las palabras y que cuando éstas faltan, la comunicación se ve privada en un altísimo porcentaje de sus posibilidades de relación con los demás.

Así de dramática es la situación de un sordomudo, y más particularmente, lo era en los tiempos de Jesús.

El hombre al que presentan a Jesús, tiene por tanto, problemas, no sólo en relación con los otros, sino también en relación con Dios. No se encuentra en un grado de poder escuchar el Evangelio, ni siquiera de desear encontrarse con Jesús. De tal manera es así que son otros los que le conducen hasta Jesús. El se deja conducir de tal manera, que aparece como aturdido, como un poco idiota. En sí mismas consideradas, las expresiones que manifiestan sordera y mudez, designan, en el vocabulario griego, una situación de aturdimiento, algo propio de una persona con apenas vitalidad.

A aquellas palabras del Señor, citando el A.T., “tienen oídos y no oyen”, este hombre podría responder: “no tengo oídos” y, en consecuencia, no he podido escuchar el anuncio. Y por consiguiente, no puedo elevar mi plegaria a Dios, no puedo invocarlo, ni alabarlo.

En él descubrimos un claro símbolo de la humanidad, de cada uno de nosotros, ya sea en nuestras carencias psicológicas, ya sea en aquellas relacionales: ya sea en nuestros miedos, ya sea en esas sospechas que a veces nos asaltan respecto a los demás, incluso sacerdotes o feligreses, y que nos bloquean en nuestras relaciones (con compañeros sacerdotes, fieles, vecinos, con alejados de la Iglesia, incluso con familiares y parientes, y también a veces respecto a nuestros superiores...).

Y el sordomudo es también el símbolo del que no sabe rezar: que es incapaz de pedir, buscar y llamar; el símbolo del que vive en la aridez espiritual, con muy poco deseo de escuchar la Palabra de Dios, privado del gusto por las cosas de Dios. Se trata, pues, de la dolorosa condición de quién se siente lejos de Dios y lejos de la riqueza del misterio de la salvación.

El texto evangélico nos da cuenta de los esfuerzos del Señor por ayudarle, y se trata, en efecto, de la descripción más larga que poseemos de un milagro. La acción de Jesús se desarrolla es seis momentos:

- “Lo lleva aparte, lejos de la gente”. Jesús quiere, ante todo, infundir en el sordomudo la calma, el silencio, el recogimiento, respecto a los que le rodeaban y aunque él viviera incomunicado. Viene a ser como la premisa de todo programa pastoral que deseemos emprender: la dimensión contemplativa de la vida como programa previo; aprender a retirarnos, a ponernos aparte de todo y de todos, tranquilizarnos, hacer silencio en nosotros. A partir de ahí será posible iniciar el camino de la escucha y de la proclamación cristiana del Evangelio. A Jesús no parecían gustarle acciones masivas, teatrales, espectaculares: es como si no quisiera condicionar a nadie, como si evitase que las masas de gente creasen condicionantes que robasen la libertad de cada persona.

Ello nos debe hacer pensar que aún teniendo grandes valores, sin duda, los actos de religiosidad popular de carácter masivo, debemos cuidar que no se conviertan en medios coactivos, que dejan el corazón humano de cada uno inmerso en la masa y en sus reacciones colectivas, por muy emotivos que sean, pero sin que ninguno de los que participan en ellos, se pongan en contacto íntimo y personal, con Jesús y con el Dios del Señor-Jesús.

- “Jesús le pone el dedo en el oído”. Un claro gesto físico, destinado evidentemente a suscitar confianza. El sordomudo, que no es capaz de entender, comienza así a comprender algo: que Jesús le está diciendo: “quiero curarte tus oídos, quiero que se abran”.

- “Con la saliva le toca la lengua”. Es un gesto también muy concreto, al límite de lo normal, que no podía menos que provocar en el que lo recibe un verdadero “choc”. El hombre, lleno de miedo, encerrado en sí mismo, estaba sin duda convencido de que nadie le ayudaría. Ahora se da cuenta de que hay alguien que está llevando a cabo una acción importante para ayudarle, que realmente está con él al tocarle la lengua con su saliva.

Y no es inútil que caigamos en la cuenta que aquel gesto de Jesús se asemeja a aquel exorcismo bautismal, conservado durante gran parte de la historia de la Iglesia.

- “Y mirando al Cielo o levantando sus ojos al Cielo”. Jesús no se limita a contemplar al ser humano , al sordomudo, sino que vuelve su mirada también hacia lo alto, como para evocar al Padre. Ello nos pone frente a un momento que resume todo el misterio de la salvación, un momento en el que se actualiza el mismo misterio de la cruz, el misterio de su muerte, es decir, el misterio de su entrega al Padre.

- “Y Jesús suspira”. Otra palabra llena de sentido que recuerda el grito, el suspiro de Jesús en la cruz, ayudándonos así a comprender que ese gesto es la curación que Jesús obtiene para toda la humanidad mediante su entrega a la muerte.

- Y por fin, las palabras de Jesús: “éfeta”, es decir, “¡ábrete!”. Es la forma que Jesús emplea para desbloquear la incomunicación. Jesús se dirige hacia los sentidos del sordomudo, como si se tratara de romper unos obstáculos que le tienen apresado, y así se dirige a todo ser humano, como a personas encerradas en sí mismas, y les invita a abrirse, a dejar salir de sí mismas lo mejor de cada uno.

“E inmediatamente se le abrieron los oídos, se le soltó la lengua, y comenzó a hablar correctamente”. Sus oídos se abren a la Palabra de Dios y a la palabra de los hermanos. La boca es liberada de toda cadena que le impedía invocar al Padre, de alabarlo con los salmos, de darle gracias. Mientras antes hablaba inarticuladamente, ahora es capaz ya de expresarse, es decir, ha sido curado en la plenitud de su persona.

“Jesús le ordena no decirselo a nadie”. Por sí mismo, no se trata de un mandato propio del secreto mesiánico. Se trata más bien de una sugerencia propia de la humildad y de la prudencia del Señor, que paradójicamente, hace que resalte más el milagro, puesto que, como en otros casos, cuanto Jesús más le recomendaba el silencio, él lo proclamaba con mayor fuerza. Y es que no es posible esconder las acciones de Dios cuando son así de estremecedoras: tienen tal fuerza que hablan por sí mismas más allá de todo mandato y de toda sugerencia.

La gente llena de estupor, comenta que Jesús todo lo ha hecho bien, que ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos. Ese “todo lo ha hecho bien” sintetiza toda la vida de Jesús, del Señor, que pasó la vida haciendo el bien. Es una síntesis que en realidad nos remite a dos grandes referencias:

- al Génesis, que nos dice que Dios contempla la creación viendo que todo era bueno, es decir, que Dios creó todo bueno.

- y al texto mesiánico de Isaías: los oídos del sordo se abren, los ojos del ciego, ven.

Puede pues decirse que el gesto de Jesús respecto al sordomudo, representa el cumplimiento de las profecías mesiánicas, nos muestran que estamos ante la nueva creación y ante la restauración de la creación entera, es decir, que estamos ante la Redención.

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Pensemos ahora en el mensaje que podemos extraer de lo dicho, para la Iglesia, para la humanidad, y también para nosotros mismos. Subrayamos algunas ideas.

1ª.- Hemos contemplado a Jesús que va de un lugar a otro, haciendo caso omiso del muro que separa a los judíos de los paganos. No desdeña a los judíos, a pesar de que le contestan y le llevan la contraria. Pero tampoco desdeña a los paganos, los cuales lo acogen, pero que también los deja para volver a los judíos.

Jesús es realmente el pastor bueno y libre, que ama a todos sin excepción. No se deja monopolizar por nadie. No es el pastor exclusivo de los jóvenes, o de los trabajadores, o de un grupo concreto, o de una tendencia determinada, o de una escuela de espiritualidad definida. Es el pastor, bueno y libre, de todos, y pasa de unos a otros, atravesando el muro que les divide y separa. Se trata de un mensaje importante para nosotros en un tiempo que nuestro mundo está dividido por mil causas, sociales, políticas, raciales, socio-económicas, ideológicas, y también espirituales y religiosas. Debemos aprender de Jesús a superar muros y a no encerrarnos en un grupo y ponernos en contra de otros. No es fácil, cuando todos estamos a merced de simpatías y antipatías de todo tipo, incluso entre nosotros, los sacerdotes. Tenemos que hacer un serio esfuerzo para sentirnos pastores, buenos y libres, hermanos de todos, y aprender a amar, a estar cerca, a ofrecer lo mejor de nosotros, a todos, a querer a todos, sin jamás por ello apartarnos de la verdad del Evangelio.

2ª.- Es interesante observar que Jesús es contestado por los suyos, por la gente de su pueblo, en tanto es aceptado y escuchado por los paganos, incluso con tal entusiasmo que da lugar a suscitar, por ejemplo, aquellas palabras llenas de admiración y, al mismo tiempo, llenas de humildad, de la mujer sirio-fenicia: “dame al menos las mijajas destinadas a los perros”. En la expresión se da un gran deseo, una gran confianza: son palabras que nos permiten pensar que Jesús ha venido para salvar a los pecadores, que la misericordia de Dios se dirige también hacia los paganos pecadores. Es como si se actualizara la bienaventuranza: ¡dichosos los pobres!, ¡dichosos Vds. que no tienen pretensiones!, ¡dichosos Vds. que no presumen de nada, que no piensan haber alcanzado ya todo!: porque Vds. están ya en una situación que les permite acoger más fácilmente a Jesús y su salvación.

3ª.- El Señor-Jesús, que cura al hombre incapaz de escuchar la Palabra de Dios y que por ello no puede proclamarla, ni sabe rezar, nos recuerda que nuestro primer servicio pastoral consiste en ayudar a nuestros fieles (y a los alejados...) a escuchar la Palabra y a rezar respondiendo a esa Palabra. Son muchos los cristianos que permanecen durante largo tiempo sordos porque son incapaces de abordar la Escritura, y como consecuencia, su oración se mantiene balbuceante, apenas embrionaria. Debemos hacer descubrir a nuestros fieles los tesoros que entraña la Palabra de Dios, con el fin de que así descubran los tesoros de la oración, y ello también a través de la Liturgia: educando a los que participan en ella, a que lo hagan de forma activa, ya sea respondiendo, ya sea participando, ya sea cantando, ya sea recogidos en oración en los momentos de silencio...

4ª.- El último mensaje nos lo ofrece la conclusión del pasaje: “ha hecho todo bien; ha hecho oír a los sordos y a hablar a los mudos”. Ya nos hemos referido al Génesis: Dios ve que todo lo creado es bueno, porque, al fin y al cabo, él es el creador bueno de todo. Pero hay otro tipo de bondad que debemos recordar y que es aquella del que sabe extraer el bien del mal, bondad que es precisamente la característica divina de la Redención: allá donde existe el mal, donde se da una total cerrazón, donde existe una profunda incapacidad para ver, Jesús salva trasladando todo ello hacia el bien y la bondad. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.

El bien entendido al modo de Jesús, es la clave de lo que debe ser toda la acción de la Iglesia. Si Dios es bueno, si actúa siempre bien, la Iglesia, en consecuencia debe realizar siempre el bien en todas sus formas. El nuevo C.I.C. nos dice que la Iglesia debe hacer todo para el bien de las almas.

Incluso cuando la Iglesia, en su doctrina social, quiere definir un criterio fundamental de gobierno, habla del “bien común”, es decir, aquello que permite a todos y a cada uno de los ciudadanos realizar lo mejor de sí mismos y de vivir bien alcanzando el mínimo bienestar necesario para su realización humana. El que tiene una responsabilidad, la que sea, debe por tanto cuidar sobre todo el conjunto de las condiciones que favorezcan el desarrollo armónico, auténtico, de todas y cada una de las personas, y de todos y cada uno de los grupos humanos. Y ello también debemos tenerlo en cuenta los sacerdotes en la realización de nuestro ministerio, cuidando de no caer en la tentación de atender a unos cuantos privilegiados, en tanto que abandonamos a los demás.

No olvidemos que cuando la Iglesia se refiere a la eternidad, a su último objetivo, habla de “los bienes de arriba”, de los bienes celestiales, de los bienes eternos, aquellos que constituyen la finalidad definitiva de toda acción pastoral.

De ahí la definición de pastores como hombres de Iglesia: seamos hombres de bien, hombres con un buen corazón, el buen corazón del que implícitamente nos habla Jesús en el capítulo 7 de San Marcos, afirmando que de un corazón malo sólo pueden salir cosas malas. Por el contrario, de un buen corazón, saldrán buenas palabras y el buen pastor será aquel que habla bien de los demás, que ordinariamente piensa bien de todos, (incluso cuando percibe aspectos negativos), que subraya siempre el bien o lo bueno. Será aquel que valora el bien desde el convencimiento que supone saber que Dios conduce todo hacia el bien, particularmente cuando actúa a través de aquellos que lo aman o intentan amarlo de verdad.

El buen pastor, por lo demás, interpreta todo en clave de bondad, lo contrario que Satanás que interpreta todo en clave de mal o de maldad, sospechando de todos, dividiendo mediante insinuaciones en el sentido de que detrás de una palabra o de una acción, hay subterfugios, o trucos, o sobreentendidos maliciosos. Es una acción típica del diablo crear sospechas, enemistades, angustias. Mientras que es una acción propia del Espíritu, subrayar el bien que puede darse en cada situación y en cada persona.

En cuanto pastores, somos por tanto, llamados a vencer el mal con el bien, sin dejarnos alterar por el mal que en ocasiones se nos viene encima. Esta es la gran victoria pascual de Cristo que continuamente revive en su Iglesia y en cada uno de nosotros. Somos llamados a vencer, ante todo, el mal que pueda existir en nosotros mismos: cansancios, perezas, malos humores, malestares, sentimientos de confusión o de angustia, críticas malévolas, juicios condenatorios de los demás, antipatías... etc. Y lo hemos de hacer apoyados en la bondad evangélica que entraña la caridad, la alegría, la paz, la mansedumbre, la fidelidad, la benevolencia... etc. Y posteriormente, debemos difundir estos bienes entre nuestros fieles y también entre nuestros compañeros de ministerio. Por estos caminos seremos los buenos pastores que, con la ayuda de Dios, del Espíritu Santo, podremos vencer al mal.
Hoy, la gente, nuestra gente, tiene una inmensa necesidad de testimonios de bondad, y nos pide a nosotros, sacerdotes, el que seamos capaces de ser, a pesar de nuestra pobreza, pero gracias a la fuerza de Cristo-Jesús, auténticos realizadores del bien y de la bondad, como fue el Señor que pasó su vida haciendo el bien, como lo fue también la Virgen María, la que supo ser la esclava del Señor aceptando la voluntad de Dios por encima de todo lo que pudiera desear.

¡Pidámoselo al Señor, por la intercesión de la Virgen María, para que todos nosotros, sacerdotes, y con nosotros, todos nuestros fieles, nos convirtamos en testigos del bien y de la bondad, tal como el Señor nos ha enseñado que debemos entender el bien y la bondad, y no a partir de nuestras peculiares, particulares y personales maneras de entender el bien, que tantas veces no coinciden con la voluntad salvadora y cargada de amor de Dios, y que nos alejan del amor a Dios y del amor a nuestro prójimo!.

+ Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias.

Vea también:
Cuaresma: Materiales




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