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MUJER: MARÍA UNA ESCLAVA DEL SIGLO XXI
 

MARÍA, UNA ESCLAVA DEL SIGLO XXI

Nos unimos a la celebración del día de la Mujer Trabajadora con un testimonio lleno de realismo. Las personas y las situaciones que se describen son reales, están sucediendo en este mismo día que tú lees estas líneas. Los protagonistas, incluido el autor, han decidido permanecer en el anonimato.

Cada uno de los lectores tiene que poner rostro, situación y rebeldía ante lo que se cuenta porque es verdad, porque está sucediendo hoy en cualquiera de nuestras islas...



María se levanta doliente de sus agujetas que le hacen caminar torcida hacia el reloj; son las cuatro de la mañana. Se dispone a preparar la comida para su hijo Alberto que tiene ocho años, fruto de la relación con un hombre que confundió el amor por palizas; los fines de semana Alberto no come en el comedor escolar como hace habitualmente.

María intenta hacer el menor ruído para no importunar a las compañeras que comparten piso; cocina unos espaguetis llenos de amor y tomate, se quita el pijama y se acomoda su bata de esclava o de camarera de piso, enojoso eufemismo.

Son las cinco y media de la mañana, le falta una hora y media para coger la guagua, que la lleve al campo de trabajos forzados o centro de trabajo.

María comienza a ponerse nerviosa y a la vez alegre, hoy tendrá la propina de tanto sufrimiento. ¡Hoy cobra!. Antes de salir le regala unos quince o veinte besos a su hijo Alberto que duerme plácidamente y este a su vez le obsequia con una sonrisa soñadora.

A las seis y media penetra en la guagua, tres euros que le da al chófer con un hilo de amargura por abandonarlos a su suerte; la radio en la guagua está a todo volumen, lo necesita el chófer para evitar entrar todos en el sueño de los justos; escucha a unos políticos, indudablemente en diferido, en plena campaña electoral llenarse la boca de palabras que María conoce su significado pero nunca ha tenido la suerte de verlas: trabajar, dignidad, justicia, igualdad, etc.. María piensa que ni existen para ella.

Llega a las ocho menos diez de la mañana, le espera ya una gobernanta corpulenta con cara de ningún amigo. Su voz vigorosa e insultante reclama a María, que angustiada le presta mucha atención, ¡María, tienes veinticinco apartamentos que limpiar!. A María se le retuercen las tripas vacías y de sus visceras sale una palabra sin quererlo: ¡joder!. Inmediatamente su cerebro reacciona con una súplica de perdón ante la enfurecida mirada de la fornida y robusta gobernanta que si pensarlo arremete con su látigo de intolerancia:"lo tendré en cuenta..." es el sonido de la fusta, que llevan a María a un mar de súplicas, obteniendo como resultado una gran espalda granítica.

María emprende el primer apartamento; es consciente que tiene el tiempo justo para poder salir a las seis de la tarde, no puede perder ni un minuto. Es la una de la tarde ha limpiado diez apartamentos; está dentro de sus cálculos para abandonar la tortura a las seis. Está muy cansada. Se le escapa unas lágrimas perseverantes que rápidamente seca al ver pasar a Pablo, su modesto ángel de la guarda, un uruguayo que trabaja en el servicio de mantenimiento, al que saluda con alegría. Pablo se dirige al comedor del personal a comer la sobras de los distintos bufes del hotel.

¡Esta ensalada debe tener por lo menos cuatro días, la verdura esta negra! —comenta Pablo con sus compañeros. Termina y comienza a actuar en su papel de ángel. Coge dos panes y los llena de una carne, en una salsa espesa que perdió el olor y sabor que supuestamente le dio el cocinero, los envuelve en unas servilletas y se dispone a entregarlos a María y Marta que tienen prohibido sustentarse simplemente porque corre el tiempo; ofrece uno de los bocadillos a Marta que les da las gracias desde lo mas profundo de su corazón. Se dirige presto hacia el apartamento donde esta María, la licántropa gobernanta ávida acecha, le entrega la carne con pan; es el momento en que aprovecha la mujer lobo para decir: "Pablo, está prohibido sacar comida del comedor del personal, ya sabes estás sancionado...".

María se queda fría como la sangre de la señora gobernanta; petrificada sin articular palabra le han cortado las alas a su ángel. Intenta restablecerse y coge unas galletas que le sirve de recurso para los momentos de penuria y sobre todo para despistar el hambre y así fue como repitió en su inactivo menú: de primero lágrimas con galletas, de segundo galletas con lágrimas y de postre… solamente lágrimas...

Son la seis de la tarde. María ha vencido a los veinticinco apartamentos. La brutal batalla la deja dolorida, extenuada, pero su espíritu no lo han podido debilitar; se siente una luchadora ante tanta injusticia. Espera impaciente ante la oficina de administración por su esquelético sueldo. María tiene en su nómina setenta y cinco mil de las antiguas pesetas, diez mil le pagan por su único día libre y quince mil le corresponde de sus pagas no extras, total: la despreciable cantidad de 600 euros/dólares (cien mil de las antiguas pesetas). El administrador, un hombre sin sombra, le hace reaparecer las lágrimas perseverantes de María diciéndole: ¡tiene una sanción de cinco mil pesetas!

¿Por qué? Replica María ¡No lo sé, hable mañana con la gobernanta!

María se va cabizbaja. Esta vez sí han logrado llenar de hastío su espíritu. Piensa... La sanción se ha llevado los zapatos nuevos que quería comprarle a su hijo Alberto; su sueldo no admite ningún contratiempo, es lo justo para pagar el alquiler compartido del piso, para comprar comida, para pagar las clases particulares de inglés, un poco de ropa para Alberto y se acabó.

María compra unas golosinas para su hijo y para ella para endulzar un poco la desdicha y llega al piso. Alberto la abraza y le cuenta el día y le hace olvidar la infelicidad que arrastraba.

Tocan en la puerta. Son unos políticos que están pidiendo el voto; políticos que ganan en un mes lo que María en un año; políticos que trabajan dos horas al día; políticos que le pagan dietas y comen en restaurantes de cinco tenedores; políticos que sólo se preocupan de ellos y sus familias; políticos que son millonarios por cerrar los ojos y la boca; políticos que son un fraude de pies a cabeza.

María les dijo: "¡A la mierda!", sacando la rebeldía de los pliegues del alma y cerró la puerta. Los políticos bajaron la escalera con un incesante murmullo: ¡Que gentuza, que basura, está loca! etc., y se fueron apagando poco a poco los insultos.

María y Alberto se acostaron abrazados juntos como todas las noches. Se apagó la última luz de la casa y Alberto dormía y soñaba; María solamente dormía y no soñaba, …alguien le había robado sus sueños...

Tomado de:
www.buzoncatolico.es

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